Ciudad de México.- Abdul Qadir Khan es un héroe y un villano al mismo tiempo. Es un héroe en Pakistán, y es un criminal en Occidente y en su país de nacimiento: India.
Este científico musulmán, que se marchó a Pakistán, como tantos otros millones de compatriotas, para levantar una nación musulmana en el oeste del desintegrado Imperio Británico de la India, es considerado no sólo el padre del programa nuclear pakistaní, sino el culpable de que Corea del Norte sea hoy en día una potencia nuclear que usa su arsenal como herramienta para chantajear a sus enemigos: Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
Según publicó el diario británico Telegraph, a finales de 1990, cada mes viajaban a Pakistán dos aviones desde Pyongyang que transportaban tecnología de misiles para el gobierno de Islamabad, a cambio de secretos atómicos que sabía Khan, tales como el uso de centrifugadoras para enriquecer suficiente uranio como para fabricar bombas nucleares.
Al mismo tiempo que ayudaba en secreto al régimen comunista de Pyongyang, Khan seguía con su equipo trabajando a contrarreloj en el programa nuclear paquistaní. En 1998, anunció al mundo que había llevado a cabo con éxito una prueba atómica, con la que Pakistán se convertía en la séptima potencia nuclear, después de India y de las cinco grandes potencias nucleares reconocidas por la ONU: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.
¿Héroe o villano? Khan se convirtió automáticamente en un héroe nacional, porque neutralizó la amenaza nuclear de la archienemiga India con su propio arsenal nuclear, pero al mismo tiempo era el traidor que puso en peligro la estabilidad mundial, al ayudar a convertir al régimen comunista en una potencia nuclear, la misma que ha realizado ya cuatro ensayos nucleares y que el 8 de enero anunció que habría logrado con éxito su primer ensayo subterráneo con bomba de hidrógeno, un arma decenas de veces más poderosa que la bomba atómica.
Como premio de consolación por no haber visto a tiempo los goles que le metieron el régimen de Pyongyang y el científico paquistaní, Washington logró que en 2004 Islamabad lo metiese en la cárcel, pero cinco años después, fue indultado por el entonces presidente Pervez Musharraf, a cambio de una confesión televisada en la que admitió la venta de esta tecnología no sólo a Corea del Norte, sino a Irán y Libia, y en la que debía dejar bien claro que actuó solo y no recibió órdenes.
Si hacía falta una prueba de este contrabando nuclear, el propio Khan no dudó en mostrar la evidencia al diario The Washington Post: la copia de una carta fechada en 1998 y firmada por el secretario del Partido Comunista norcoreano, Jon Byong-ho, que indica que los “tres millones de dólares ya se habían pagado” a un responsable paquistaní y “dos millones” y varias joyas a un segundo responsable.
Espionaje y mercado negro. Lo inquietante no es sólo el hecho de que un solo científico haya podido vender a tiranos —como lo fueron el norcoreano Kim Jong-il (padre de Kim Jong-un) y el coronel libio Muamar Gadafi o al régimen de los ayatolas— toda la tecnología que ambicionaban para empezar sus propios programas nucleares; lo inquietante es sobre todo la absoluta falta de control de las potencias y de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA, organismo dependiente de la ONU) sobre el destino de misiles con ojivas nucleares.
Tan obsesionadas estaban las dos superpotencias por vigilarse la una a la otra que ni Washington ni Moscú se percataron de que había un floreciente mercado negro de armas y científicos nucleares dispuestos a venderse al mejor postor, como hizo y confesó el paquistaní.
Khan no tuvo ningún problema para ser admitido y aprender todo lo que necesitaba saber sobre uranio enriquecido en el laboratorio holandés UCN (Ultra Centrifuge Nederland), pero más perturbador aún fue la petición de los servicios secretos estadunidenses a los holandeses de no arrestar al paquistaní, como pensaban hacer cuando descubrieron sus labores de espionaje.
¿Por qué la CIA (una vez más la CIA) permitió que Khan volviese a Pakistán a finales de 1974 y cumpliese la promesa que le hizo en septiembre al primer ministro Zulfikar Ali Bhutto de convertir a la nación en una potencia nuclear, en respuesta al ensayo nuclear que realizó India el 18 de mayo de ese mismo 1974?
No es difícil adivinarlo: Washington tenía el mismo interés que Islamabad de evitar que Nueva Delhi tuviera en exclusiva el botón nuclear en el sur de Asia. Lo que nunca adivinó la CIA es que el sentimiento antiestadunidense estaba ya tan arraigado en el mundo musulmán (por la alianza de EU con Israel) que la probabilidad de que un científico nuclear paquistaní hiciese lo que hizo Qadir era muy alta.
La consecuencia ya la conocemos. Afortunadamente Gadafi desistió de convertir a Libia en una potencia nuclear y el presidente Barack Obama logró este mismo año convencer a Irán de que abandonase su deseo de fabricar la bomba atómica, pero Corea del Norte si lo logró y su líder Kim Jong-un la usa como arma de supervivencia de su propio régimen.
¿Alguien duda de que el joven líder del país más hermético, inestable e impredecible del planeta, idolatrado hasta lo absurdo por un pueblo aterrado y hambriento, no sería capaz de apretar el botón nuclear si se sintiera acorralado?





