Se dice así al final del día. No a la noche, sino al momento en el que el sol besa a la tierra y le desea felices sueños para irse a descansar detrás de la sierra. Es tanto el amor que el mundo siente por el astro rey que el cielo se sonroja de tonos carmines y purpúreos a esa hora.
Se asocia el ocaso con el cierre de un día, el punto y seguido del tiempo en nuestras vidas, que aunque largas para nosotros, son apenas un parpadeo para la magnitud del Cosmos.
Se asocia al final de un periodo y el inicio de otro, previo un breve tiempo en la oscuridad, en el manto de la luna y la noche, cuando todo es incierto y sombras tenebrosas acechan entre los árboles y tras las esquinas de las callejuelas y cornisas de la ciudad.
En la política priista tamaulipeca, ese ocaso llegó y la noche apenas comienza, pero para el tricolor no hubo un cariñoso sonrojo o un deseo de tranquilidad.
A la caída de casi un centenar de hegemonía partidista estatal se suma la derrota nacional sufrida por el Revolucionario, el rebote económico de una ruptura internacional allende el océano Atlántico y la tragedia sin respuesta de Rodolfo Torre Cantú.
Egidio, su hermano, tomó el lugar del buen doctor para la candidatura al gobierno tamaulipeco. Careció por mucho del carisma de su hermano y su estilo para tocar los corazones de las personas con las que se encontraba, acomodadas o humildes.
Tuve el privilegio de cruzar palabras con Rodolfo, meses antes de que perdiera la vida en aquel crimen. Fue breve, quizás demasiado breve, pero lo suficiente para convencerme de que él sería un excelente gobernador, un sucesor ideal para sanar el daño que había dejado Eugenio Hernández.
Entonces vino su muerte, apenas unas semanas antes de las elecciones. No recuerdo qué emoción prevaleció, si el azoro por la muerte de un excelso político tamaulipeco o la indignación de que, a apenas un día de su muerte, se nombrara a su hermano como su reemplazo.
Egidio Torre no hizo campaña, no trató con la gente, y desafortunadamente vivió a la sombra de la tragedia que sacudió a su familia y a la sociedad tamaulipeca. Fue un gobernador frío, impopular, distante y triste.
Y lo más triste es darse cuenta de que es también un ser humano que tuvo que cargar con un peso enorme, el del escarnio estatal y la enorme desaprobación, cuando había trabajo que hacer. Y lo hizo, como pudo.
Lo admirable de Egidio es su capacidad empresarial; lo que le falta en el contexto humanitario lo compensa con esa habilidad para los negocios que permitió atraer a Tamaulipas un sinnúmero de inversionistas y contratos. Faltó mucho por trabajar, pero el trabajo se hizo como se pudo, con lo que se tuvo.
El ocaso comenzó con la muerte de Rodolfo Torre Cantú. El cuatro de junio se vieron los últimos rayos de sol para el PRI y empezada esa semana llegó la noche. Y la noche, como dijo la bruja roja, “es oscura y llena de terrores”.
Y, de todos, es Egidio el que más lamenta la muerte de Rodolfo, declarando que a seis años de su muerte aún no sabe cómo ni por qué ha muerto.
Quizás sea ese luto o el hastío de ser un gobernador a la sombra de la muerte, por el que decidió entregar su informe directamente al Congreso del Estado y prescindir de un mensaje público. Quizás esa es su forma de decir “ya vale, ya no puedo más”.
Se hizo todo lo humanamente posible, mi gober. Ahora es de noche y hay que descansar.
Adendum: No hay cosa más odiosa, en serio, que un clavo en la llanta. Excepto, tal vez, un vidrio en la llanta. ¿Cómo demonios llegó hasta ahí?
Contacto
Correo: [email protected]
Facebook: Jorge T. Zertuche






