La paz es una de las demandas más sentidas por los tamaulipecos en los últimos diez años, aunque los organismos autorizados para pronunciar una numeraria al respecto limitan el periodo de desestabilidad y desencuentro social, entre el periodo del 2012 y 2016. Lo cierto es que es una necesidad apremiante en los tiempos por venir, porque seguramente la violencia y la falta de condiciones propias para el desarrollo de las personas y las instituciones no se darán como arte de magia cuando concluya el ciclo gubernamental e inicie uno nuevo.
También es cierto que la paz, implica mayor educación, empleo y un reparto justo de la riqueza, para que los ciudadanos tengan la experiencia de la prosperidad que no necesariamente se traduce en opulencia. Más bien una práctica de equilibrio que permita acotar la brecha entre los ricos y los pobres. Entre quienes viven en el fraccionamiento y los que habitan en la periferia.
Ante la demanda de paz, que ya hizo crisis en esta región, en la que los organismos autorizados para pronunciar una cifra respecto a los daños de la violencia, consideran que esta entidad supera los 5 mil desaparecidos de manera forzada, de acuerdo a las cifras de la secretaría de gobernación. Se encienden las sospechas de que se ha combatido un delito pero se ha descuidado la atención a otros.
Y en ese orden se advierte un aparato gubernamental allanado, en el que los responsables de estas tareas andan en todo, menos en el cumplimiento de sus quehaceres. Todos son jefes y por lo mismo requieren cuidados especiales ellos y sus familias, mientras quienes viven fuera de ese círculo, que son la mayoría, viven en la frontera de la paz y la violencia, en la periferia de la inseguridad.
Los titulares de las áreas más relevantes con la responsabilidad de construir la paz, se han convertido en funcionarios huele fiestas. Y no obstante que disponen de los mejores presupuestos para esos fines, pareciera que les son insuficientes.
Y quienes pudieran asumir un rol de mediación como son las iglesias o religiones, con cuyas doctrinas pudieran templar a una sociedad en estado de alerta, por la cotidianidad de la violencia, están en disputa para ver quién reúne a más adeptos y seguidores, en sus fallidas marchas por la paz. Vacías de contenido, saturadas de soberbia. Y alejadas de un ecumenismo por la prosperidad.
Tal es el grado de descomposición social de nuestra época, que los propios ministros de una misma iglesia o religión son incapaces de coincidir en los motivos para promover la paz. Más aún cuando se trata de religiones e iglesias independientes.
Lo patético es que todas aclaman al mismo Dios, le bailan al mismo Cristo y le gritan al mismo Espíritu.
Así tenemos que Antonio González Sánchez está convocando sus seguidores de la grey católica para una marcha por la paz para el 10 de septiembre con pañuelos blancos para aclamar la paz, mientras que Luis Armando González de la Iglesia Luz para las Naciones hace lo propio también para una marcha por la paz programada para el 17 de septiembre. Otras sectas religiosas también le anunciaron a la presidencia municipal que con motivo de la paz, tomarán las calles de la capital. Lo mismo han hecho en otros tiempos civiles sin un bandera religiosa, que cayeron en el descrédito por su preferencia por alguna de las denominaciones partidistas.
Nada tiene que ver lo anterior con la propuesta del gobernador electo, para certificar a su equipo de colaboradores en las funciones administrativas, que inician el primero de octubre. En su visita a las instalaciones del centro de control y confianza, les comento a los trabajadores de base, que tendrán que redoblar esfuerzos para aplicar los exámenes propios para calificar a quienes desempeñen alguna función en su gobierno.
Las opiniones se dividieron por la visita del candidato norteamericano Donald Trump a la residencia oficial del presidente Enrique Peña Nieto, sobre todo porque el norteamericano insistió en la construcción de una gran barda en la frontera sur. Cuando en realidad están peor las bardas y rejas de miedo que hay en el territorio tamaulipeco.






