“Desde niño he sido un amo entre esclavos negros. Los veo ir y venir a diario. Sólo he tenido una duda en todo este tiempo: ¿Por qué no nos matan?”
– Calvin Candie (Quentin Tarantino’s ‘Django unchained’.)
La mañana de esta Capital inició desde el momento en que Fernando Méndez Cantú tomó la palabra en Palacio Municipal. Su mensaje fue tan relativamente breve como lo fue su administración, iniciada en febrero después de que Alejandro Etienne pidiera licencia para competir por una candidatura.
Su discurso se centró en el agradecimiento a sus compañeros de trabajo, con los que adelantó y publicó diversos reglamentos cuyos frutos quedarán pendientes para el periodo entrante de Oscar Almaraz Smer.
Rodeado de invitados especiales y uno que otro compadrito, destacó la fórmula que el ayuntamiento produjo con el Gobierno del Estado y la administración federal para aterrizar un plan preventivo contra el crimen en Victoria. A la par, cada vez hay más locales cerrados y más grandes las cifras del desempleo a causa de esta situación.
Méndez Cantú no fue el único que habló de estrategias administrativas que deberán contrastarse con la realidad que se vive. El recientemente nombrado secretario de Hacienda y Crédito Público, José Antonio Meade Kuribreña, definió el recientemente entregado Paquete Económico 2017 como “realista” y “sensible”.
Ojalá que esa sensibilidad no tenga nada que ver con la implementada en la reforma educativa, la hacendaria o energética. Me di a la tarea de repasar cada uno de esos documentos la tarde de este viernes y, debo admitir, no están nada mal.
Las reformas impulsadas por el Gobierno Federal no están equivocadas ni un ápice; no son ninguna estupidez u ocurrencia. Analizándolas, uno puede darse cuenta de que están cuidadosamente estructuradas y son perfectamente funcionales en un mundo ideal. El problema está en que México no es un mundo ideal.
Entonces, ¿es culpa del pueblo mexicano que las reformas no funcionen? Ni mucho menos. Las reformas no pueden funcionar en México porque están planteadas para organismos burocráticos que ejercen un control coordinado del Estado. En México, la corrupción, la falta de preparación académica y la baja ética laboral son el principal impedimento para que una medida burocrática macrofuncional pueda rendir adecuadamente con lo planteado en papel.
De ahí la necesidad de contrastar primero un plan de trabajo con las condiciones reales a las que será impuesta. Meade Kuribreña (El “mil usos”, le dicen. Ese hombre tiene más oficios que Cantinflas) tiene una loada carrera como servidor público y ha sabido dar resultados precisamente porque lo primero que hace es contrastar la realidad con lo que propone trabajar. No se puede hacer al revés, la economía social no funciona así.
En su discurso de entrada, cabe recordar, señaló Meade Kuribreña que si habrá un “apretón de cinturón” será hacia adentro, hacia los funcionarios, no para el ciudadano, como se ha venido manejando (malamente) en los últimos años.
En ese mismo rubro, ya celebran por ahí que a Tamaulipas no le tocará un recorte presupuestal en el 2017. Bajen las manos, no sean ridículos; todavía hay mucho que hacer antes de tener algo que valga la pena celebrar.
TIEMPO DE BLUES
Este viernes, Francisco Elizondo Salazar tomó protesta como presidente del CDE del PAN, con Ismael Cabeza de Vaca como su secretario. Insisto, la carrera política de Elizondo Salazar le otorga un precedente sólido para asumir este cargo. No así con el hermano del Gobernador Electo.
Su carrera política se resume a una regiduría en el ayuntamiento de Reynosa, además del habitual proselitismo de cualquier otro militante panista. Su perfil académico hace pensar en que sus capacidades serían mejor aprovechadas en otro lugar que no sea el de la dirigencia del partido que ahora entra al poder.
Hará falta, en los subsecuentes días y de preferencia antes de que Francisco Cabeza de Vaca tome protesta como gobernador, que Ismael se dé a conocer ampliamente en el estado. A partir de este viernes su trabajo será escudriñado aún más que el de Francisco Elizondo precisamente por ser hermano del “gober”, por lo que no debe quedar duda alguna de que sabe lo que hace.
A nivel federal, el blues también suena en Los Pinos. Todos con los que he consultado, entre amigos, colegas y catedráticos, coinciden en que entre Donald Trump y Luis Videgaray le pusieron el último clavo al ataúd de Enrique Peña Nieto.
El magnate norteamericano, por cierto, expresó que “lamenta mucho” que hayan despedido (oficialmente renunció) a su cuate del alma de su puesto en la SHCP. Hay honor entre ladrones, reza un adagio británico; las acciones de Videgaray Caso mucho tuvieron que ver en la escalada que tuvo la aceptación de Trump en su carrera presidencial.
Esos mismos con los que he consultado, por cierto, coinciden también en que si Trump llega a la presidencia, vamos a pasar las canutas en serio. Uno de ellos se mofó con la siguiente frase: “Si creen que la estamos pasando difícil ahorita en el país, imagínense si Trump se hace presidente”.
La carrera presidencial de Peña Nieto está virtualmente acabada. A estas alturas, da lo mismo si su siguiente acción es la de regalar gasolina. Se verá como un intento de “contentar” al pueblo mexicano, a lo mucho. Más le valdría aplicar la de Nixon y renunciar antes de que las cosas se pongan peor. Sí. Podría ser peor. Es México, la tierra donde el absurdo es nada.
Pero no renunciará. Más le valdría hacerlo, pero no; Peña Nieto está condenado a cerrar el sexenio presidencial en completa regla política, para bien o para mal, y entonces sí ceder la batuta al próximo presidente, que podría llegar como un flamante “príncipe azul”. Es una metáfora.
Adendum: Una provocativa conversación con un íntimo amigo mío nos llevó a ponderar la posibilidad de una guerra con Estados Unidos por el muro fronterizo. No hay ninguna duda de que, de darse el caso, las fuerzas armadas responderían al llamado con honor y patriotismo. Pero, ¿y los varones de la primera reserva? ¿Estarían dispuestos a luchar y morir por un país que los tiene relegados al hambre y el olvido? Esa conversación concluyó en que, después de dos milenios y medio, Sun Tzu sigue teniendo razón.
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