Nueva York.- Si la elección expresara la voluntad del pueblo, ni Hillary Clinton ni Donald Trump serían la opción de la mayoría; por ahora, a cinco días de los comicios, están virtualmente empatados en las encuestas, aunque ninguno ha gozado de mayoría a lo largo de esta contienda.
Esta elección es poco predecible y ha estado llena de sorpresas (empezando por la grotesca realidad descartada por casi todos hace sólo unos meses de que alguien como Trump esté en la antesala de la Casa Blanca) en gran parte porque es una pugna entre los dos candidatos más impopulares de la historia moderna del país.
Más de ocho de cada diez votantes afirman que esta campaña los ha dejado asqueados en lugar de entusiasmados, según una encuesta de CBS News/New York Times difundida hoy, con ambos candidatos percibidos no sólo desfavorablemente, sino como deshonestos, por la mayoría de los votantes.
Hoy los indicadores de este concurso, coinciden analistas, muestran que la contienda se ha estabilizado en un virtual empate en el promedio de las principales encuestas (con ligera ventaja para Clinton de 1.7 por ciento). Los demócratas esperan que esto marque el fin de la hemorragia de apoyo que sufrió su abanderada a lo largo de la última semana. El consenso es que Clinton sigue como favorita, pero eso está menos asegurado que hace una semana.
Ahora, la especulación sobre todos los posibles escenarios inunda el debate, algo que no cesará hasta el martes 8 de noviembre, cuando se empezarán a contar las boletas.
Mientras los medios resaltan que la carrera de caballos está muy cerrada, no es inusual que las encuestas registren esto al final de la contienda, vale recordar que en 2012 el presidente Barack Obama y su contrincante republicano Mitt Romney estaban empatados en los sondeos, pero Obama ganó la elección por más de cuatro puntos.
En encuestas recientes se registra que la abrumadora mayoría de votantes que piensan participar ya están decididos, y sólo una pequeña fracción aún está indecisa. Pero en una elección potencialmente tan cerrada, unos cuantos indecisos podrían ser la diferencia entre el triunfo y la derrota, sobre todo en algunos de los estados claves que determinarán el resultado final.
Vale recordar que en 2000, Al Gore perdió ante George W. Bush en Florida por 537 votos, y con ello, la presidencia. Esa también fue una elección en la que Gore ganó el voto popular nacional, pero perdió la elección por no alcanzar los 270 votos en el Colegio Electoral. Por eso, los sondeos son sólo un indicador general, pero no son el mejor pronosticador del resultado, ya que no existe el voto directo en las elecciones presidenciales. La presidencia se gana en el Colegio Electoral donde cada candidato/a acumula los votos electorales otorgados por la elección en cada uno de los 50 estados.
Por eso en esta recta final los candidatos y sus representantes se mueven como piezas de ajedrez a estados específicos que consideran claves para su estrategia en lograr la mayoría en el tablero del Colegio Electoral; cada una de sus escalas son precisamente seleccionadas por sus encuestas y análisis internos y ofrecen una muestra de dónde está el juego.
Por ejemplo, ambas campañas entienden que sin Florida las posibilidades de Trump están casi anuladas, y por ello los dos han tenido una intensa actividad ahí. Igual en Carolina del Norte, Pennsylvania y Ohio, y también hay intentos para robar un estado que se pensaba estaba en la columna del otro; por ello la visita de Trump a Wisconsin, y de Clinton a Arizona. En una encuesta estatal hoy, Georgia –estado que no ha sido ganado por un candidato demócrata en más de dos décadas– está en juego con sólo un punto de diferencia. A la vez, aparentemente por preocupaciones de que está en riesgo, Clinton visitó Michigan.






