En toda colectividad, existen personajes que marcan a la sociedad. En el caso del Poza Rica de los años cincuenta, sesenta y setentas, surgieron en diversos ámbitos sociales, personas que por su presencia constante, imagen y rasgo físico peculiar, se convirtieron en figuras representativas de la esfera social donde se desenvolvieron.
Por ejemplo, quién no recuerda al famoso “Tribilin”, aquel agente de tránsito muy querido y recordado por la comunidad, el cual por su simpatía y sencillez, se ganó el cariño del pueblo, de tal forma que lo eligieron como “Rey Feo” en uno de los festivales alusivos al “18 de marzo”.
Cuando los adultos de la época, organizaban “Papaquis”, diseñaban camionetas y camiones, sobre las cuales, al ritmo de la música guapachoza, los entusiasta jóvenes bailaban desinhibidos, frente al público asistente, quienes solían gritar y lanzar porras de apoyo a sus candidatos para elegir a la reina y al rey feo de ese festival colectivo.
Otro ejemplo típico de popularidad, es el de aquel servidor del equipo de béisbol, “Petroleros de Poza Rica”, el inolvidable “Balanza”, un muchacho contratado por este equipo para trabajar de “Badboy”, cuyo apodo se debía a un problema físico, el cual, consistía en que, al caminar, lo hacía acentuando sus pasos de un lado hacía el otro, como si fuera eso, una balanza. Su larga permanencia como levanta bates, pelotas de béisbol, guantes y todo tipo de enseres deportivos, hicieron de él, un retrato fiel del béisbol pozarricense, jugado profesionalmente en los años 50’s y 60’s.
Lo mismo se podría decir del anunciador de los juegos de béisbol en el parque Jaime J. Merino, el conocido presentador de voz engolada, quien informaba a los aficionados, el nombre del jugador y el puesto que tenía, en el momento en que le tocaba su batear la pelota.
Y así, podríamos continuar con otras personalidades, tal vez de menor estatura social, sin embargo, igualmente importantes. Por ejemplo, don Crescencio Hernández Villeda, quien por muchos años, ocupó el cargo de secretario del Ayuntamiento, hombre de peculiar gordura—dicho sea con todo respeto—autoformado en el área jurídica, y en diversas áreas del saber, padre ejemplar, luchador tenaz por ganarse la vida y la de los suyos. Sus hijos, Jesús Hernández Treviño, su hermano y nuera, lo recuerdan con admiración.
Otro ciudadano, quizá poco recordado, pero que en los años de 1960, se paseaba por el parque Juárez—porque trabajaba como empleado del cabildo—siempre elegante, vestido de guayabera blanca, portando unos lentes con aros y “patas” metálicas, color oro y peinado impecablemente, era el maestro Nemesio Gaspar Antonio; persona de gran parecido a don Benito Juárez.
Y así, podríamos seguir hasta el infinito.
Ahora, deseamos comentar de una mujer que a su manera, también dejó huella por los senderos que caminó. Uno de los personajes públicos que con su accionar cotidiano, fue dando fisonomía propia a nuestra ciudad, fue la señora Torres. De las primeras comerciantes instaladas en el Mercado Poza Rica, allá por los años cincuenta del siglo pasado.
Ella y muchos otros comerciantes, con su presencia y trato diario con las amas de casa, los obreros y mandaderos, así como con los niños y adolescentes, fueron construyendo el rostro de una ciudad en proceso de expansión.
María Teresa Martínez Melo, fue el nombre de soltera de la señora Torres. Casó con don Ignacio Torres, dueño de la bonetería “El Vencedor-Casa Torres”, ubicada en el interior del Mercado Poza Rica. Cerca del negocio de telas “Centro Textil Novedades Alí”, propiedad de don Salomón Alí; a unos cuantos pasos de “Casa Carrillo”, cuyo poseedor era don César Carrillo.
Al poco tiempo de su casamiento, nació Jesús Torres Martínez, uno de sus hijos. Como ama de casa, doña Teresa, era un dechado de virtudes, pues su disciplina y responsabilidad la impulsaban a tener un hogar limpio y organizado. Quizá en esto, influyó su estancia en un convento, donde la forjaron en la fe y el trabajo.
Más adelante, por causas desconocidas, su relación matrimonial cambió, al punto que decidió procurar sus propios ingresos instalando un negocio de perfumería y al mismo tiempo, incursionando en la vida política del gremio, los cuales ya estaban organizados en la Unión de Comerciantes del Mercado Poza Rica.
Como dirigente de la Unión, tenía que hacer gestiones en el Ayuntamiento de la tierra que nos vio nacer y crecer, donde fue muy conocida por el largo tiempo de su desempeñó. Allí, las secretarias llegaron a ser sus amigas, y los Síndicos y Regidores así como los Secretarios del Ayuntamiento, los cuales, platicaron con ella para establecer acuerdos conforme a los intereses de ambas partes.
Cuenta don Efrén Cruz Saavedra. “A Teresa Torres, la conocí por cuestiones de trabajo. En mi carácter de Secretario particular del Alcalde, era mi obligación llevarle la agenda y atender a esta dama de fino trato, y muy firme en sus argumentos, a la hora de defender los intereses de los locatarios del mercado.”
La señora Torres, además de vivir del comercio, llegó a ser una lideresa reconocida y muy aceptada por el gremio, por eso permaneció largo tiempo, en el puesto como Secretaria General de los comerciantes en las décadas de los años de 1950 y 1960 y por lo que acabamos de leer, todavía hizo gestiones en los años ochenta del siglo pasado.
Doña Teresa, fue una mujer con una personalidad propia, quien gustaba de cuidar su imagen por lo que todos los días, caminaba con huellas de pulcritud y limpieza en su vestir y peinar.
Por ejemplo, en cuanto a su forma de peinarse, gustaba de lucir una “cola de caballo”, cubriendo su frente con unos bucles o risos coquetos y fijos, en cuanto a que no había viento que lograra movérselos un centímetro.
Los últimos años, lució un pelo corto, con mucho gel, peinado de abajo hacia arriba, simulando una “colita de pato” y muy maquillada, usando un rojo fuerte en los labios.
Con respecto a su vestido, portaba una vestimenta de una sola pieza, es decir, vestidos de algodón, con hombreras, tan largos que caían debajo de la rodilla. De cuerpo rollizo, se “acinturaba” con un cinto ancho, color negro, y una hebilla metálica de color plateado.
Su rostro, poco agraciado, resaltaba por su piel blanca, y por su amplia frente, nariz chata y labios gruesos. Con el paso del tiempo, la señora Torres cambió de domicilio un par de veces, hasta que construyó su casa en la calle Pozo 13, esquina calle 8 de la colonia Cazones. Allí viviría hasta los últimos días de su vida. Y así, llegamos al final de esta anécdota.





