Redacto esta colaboración editorial antes de que se haya llevado a cabo el segundo debate entre los candidatos a la presidencia de México.
Me parece que no hay mucho qué decir.
Todos dirán (y ya lo dicen) que “ganaron”.
Todos festejarán (o festejaron) con sus simpatizantes y grupo de colaboradores de que “ganaron” el debate.
Los boletineros a sueldo en Tamaulipas escribirán que lo hizo Anaya.
Los que fueron y quieren seguir siendo boletineros del tricolor, asegurarán que el triunfador fue Meade.
Los que tienen vocación opositora y creen que López Obrador es de izquierda, pues escribirán que fue el tabasqueño el rotundo ganador del debate.
Lo cierto es que un debate no es un concurso o una competencia en la que se pueda definir un ganador. En un debate puede uno destacar o no, pero nadie gana; quizás haya un perdedor, pero no un ganador.
Pero la estrategia de los equipos de campaña es usar ese término para dar una percepción de que su candidato es mejor que los demás.
Insisto, redacto esta columna antes del debate presidencial y espero no equivocarme, pero me parece que así será, es decir, que nada cambiará, que estos ejercicios siguen sin ser un punto definitorio en las preferencias ciudadanas.
Que este tipo de encuentros, cierto, fortalecen la democracia, sin embargo, competir con la final del futbol mexicano y con una serie televisiva en un país “palomero”, no es buena estrategia.
Pero creo que así fue el debate de este domingo.
Ricardo Anaya.- Volvió a mostrar que es bueno para este tipo de ejercicios; que el rollo es lo suyo. Que es aplicado; que es un nerd. Que es un tipo que le encanta discutir y que si la elección se definiera por esto, seguro estuviera en primer lugar. Me queda claro que es un tipo muy preparado, aunque no sé para qué.
José Meade.- Si bien es un tipo práctico y también con mucha preparación, sigue teniendo dos grandes defectos: una personalidad gris, y contar con el respaldo de un partido repudiado. Parece que por más esfuerzos que se hacen, sigue sin dar ese brinco que pueda resurgir en esta campaña. Su participación en el debate dejará más “memes” que simpatizantes a su proyecto.
Andrés Manuel López.- Seguiría en las mismas, evitando a toda costa caer en provocaciones, manteniendo la cordura con muchísimos esfuerzos. Hablando de lo suyo; no contestando las alusiones y hablando sólo de lo que él quiere. Irónicamente, cada ataque lo fortalece más y sus adversarios siguen sin encontrar esa criptonita que lo vulnere. Tal parece que AMLO está vacunado contra todo y por más que lo madreen, siguen sin debilitarlo. El debate, si bien no lo hace fuerte, al menos, no lo debilita y con eso se da por bien servido.
El Bronco.- El neolonés sigue en lo suyo. Es un buen candidato porque sabe enamorar, sin embargo, no le alcanza ni para acercarse a un tercer lugar. Su misión era fastidiar y provocar a AMLO y no lo hace tan mal; pero cada vez vemos que no avanza y no convence.
Pero al final de cuentas el país no se gobierna debatiendo ni exhibiendo al de enfrente. El país no necesita a un huey que hable bien, se haga la víctima o tenga un bonito texto para exponer.
Vemos también que somos un pueblo democráticamente inmaduro. Que le damos más importancia a los chistes y a los memes que a reflexionar y analizar a las personas que nos quieren gobernar.
En fin, tras este debate, pudiera pensarse que las cosas van a cambiar, pero no; todo seguirá igual: López en primero, Anaya y Meade buscando el segundo lugar y un Bronco sin nada qué hacer en la contienda.
Me parece que así como se observa el escenario, la elección prácticamente está decidida y para derrotar al tabasqueño necesitan más que un debate, más que hablar bien; más que insultos, adjetivos y comparaciones.
Necesitan ser más inteligentes. Sólo eso.
En Cinco Palabras: Merecemos lo que nos pasa.
PUNTO FINAL.- Dice el doctor Samuel Johnson, y con toda la razón, que el grito de guerra de los mexicanos “Sí se puede”, sólo es un recordatorio de que no se ha podido.
Twitter: @Mauri_Zapata





