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El niño que le temía a Ali; la historia de Michael Bentt

Por: (Agencias)
09-12-2019

Ciudad de México.- Muhammad Ali se aparece en la TV y de inmediato el pequeño Michael Bent (con una T) comienza a sufrir. Se trata de un niño de padres jamaiquinos que nació en el barrio londinense de East Dulwich, creció en Queens, Nueva York, y que cada vez que el Más Bonito pelea, su padre lo sienta en el viejo sillón para mirar juntos a su ídolo… el otrora llamado Cassius Marcellus Clay.

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peleas como profesional tuvo michael bentt, con 11 victorias y dos derrotas

El viejo Bent abandonó Jamaica para refugiarse en Londres, donde se haría adicto a las peleas callejeras y las apuestas. En nueva York mantendría su gusto por los golpes, sólo que había descubierto a Muhammad Ali en tiempos en los que se subía al ring y enfrentaba a enormes osos con apellidos como Frazier, Foreman y Norton.

Emocionado, el viejo encendía la TV cada vez que Ali hacía el paso de la gallina frente a sus adversarios y quería que el pequeño Mike se convirtiera en el futuro Ali. Sólo que el padre no contaba con el hecho de que a Michael Bent no le gustaban los golpes y menos mirar a hombres ensangrentados derrumbarse en la lona.

Un día, Michael faltó a clases y se quedó sentado en el viejo sillón. Ensayaba una y otra vez la frase que le diría a su padre apenas llegara el viejo del trabajo: “Papá, no quiero boxear”. Así de fácil, soltar aquella frase y esperar a que el padre le permitiera entretenerse con libros que contaban aventuras para niños.

Aquella noche terminó mal. El viejo Bent estaba viendo la televisión, cuando al chamaco se le ocurrió escupir aquella frase que tanto ensayó. El padre se levantó, arrancó la antena del televisor y le dio una paliza a Michael hasta el cansancio.

Contra su voluntad, Michael Bent fue inscrito en un gimnasio de boxeo en Queens, siempre vigilado por su padre. Aprendió a soltar ganchos y jabs por supervivencia, más que por gusto a este deporte de contacto.

Y, contra su voluntad, Michael se hizo campeón nacional cinco veces. Ganó cuatro veces los Guantes de Oro, algo que sólo presumían Ray Mercer y Rocky Marciano. Llegó a pelear contra el cubano Félix Savón, quien le recetó dos de las ocho derrotas que tuvo como amateur. Michael sumó 148 victorias, una buena marca para un adolescente que odiaba a su padre y al boxeo.

El viejo Bent se frotaba las manos al mirar que su vástago se había convertido en un hombre de 1.90 metros de estatura y con un récord lo suficientemente bueno para seguir los pasos del amado Ali. Ya lo había decidido: su hijo sería boxeador profesional.

***

Las peleas que marcaron a Michael Bent terminaron en el primer asalto. La inicial fue ante el estadunidense Jerry Jones (7 de septiembre de 1989), un zurdo que se paraba en el ring como diestro y que se había hecho peleador en la cárcel. Fueron la zurda y su experiencia tras las rejas las que permitieron a Jones levantar la mano antes de los tres minutos de combate. Bent terminó desmayado en la lona y con un padre en primera fila con ganas de volver a tomar aquella antena de TV y repetir la golpiza a su hijo.

Michael se sintió humillado en el ring, con un padre que le daba la espalda y noticias en los diarios neoyorquinos que se burlaban de que el otrora campeón amateur había sido fulminado en un asalto.

Bent pasó varias semanas encerrado en su cuarto. Años más tarde confesaría a un diario que fue tal la depresión, que un día encontró una pistola en un cajón de su hermano y pensó que el suicidio acabaría con sus pesadillas. Se puso el cañón adentro de la boca. No pudo jalar el gatillo.

Para su buena (¿o mala?) fortuna, un conocido lo contactó. El campeón de los pesados Evander Holyfield necesitaba un sparring con el estilo y estatura de Bent. Lo hizo tan bien que el manager del campeón lo motivó a intentarlo de nuevo.

Y así, sin querer queriendo, Michael volvió al ring para sumar 10 victorias consecutivas, siempre con el padre como sombra.

El lector recordará a Tommy Morrison (1969-2013), aquel boxeador llamado La Esperanza Blanca que salió en Rocky V antes de convertirse en campeón de los pesados de la OMB. Pues resulta que Tommy negociaba un combate contra el inglés Lennox Lewis por el título y una bolsa de ocho millones de dólares. El manejador de Morrison sugirió al peleador un combate de preparación para llegar como navaja a dicha pelea. Saltó el nombre de Michael Bent como rival para esa pelea de trámite.

Irónico. Un hombre que había crecido odiando el box, tenía la oportunidad de enfrentar al campeón de los pesados… ¡y tumbarlo en el primer episodio!

Sucedió el 29 de octubre del 93, en Tulsa, por el campeonato de la Organización Mundial de Boxeo (OMB). Si usted mira el video, observará a un Tommy Morrison dispuesto a terminar el combate antes de los tres minutos, soltando golpes sobre un Michael Bent que sólo alcanzaba a protegerse con los guantes.

De pronto, Bent lanza un golpe de supervivencia y logra que al campeón se le doblen las piernas y baje la guardia. Era el momento para conseguir una hazaña jamás imaginada. Morrison visita la lona ¡una, dos y tres veces! La gente grita sorprendida en sus asientos, mientras el tercer hombre en el ring dice que todo acabó.

Aquella noche, mientras el séquito de Bent y su padre festejaban el campeonato, Michael se encerraba en su habitación preguntándose. “¿Y ahora qué sigue?”. Lo que ya había hecho fue adherirle otra T a su apellido (Bentt). Unos dicen que descubrió que el apellido de sus antepasados era con doble t. Otros aclaran que Michael quería distanciarse de su padre y encontró la manera.

Michael Bentt se olvidó por un momento del boxeo y de su padre. También dejó el gimnasio por casi un año, lo que se evidenció en su primera defensa ante el también gigante de ébano Herbie Hide, boxeador británico de descendencia nigeriana.

El combate se efectuó el 19 de marzo del 94 en el Millwall Football Stadium de Londres.

Bentt se subió al ring sin ganas de soltar golpes y con cara de espanto. Después se sabría que, en entrenamientos previos, su sparring lo había noqueado. Ante Herbie, Michael fue derribado en los rounds tres y siete. El último golpe que recibió en el séptimo asalto lo dejó en la lona, sin ganas de levantarse y con el cinturón de campeón en las manos de Hide.

Lo peor vino después. Ya en el vestidor, Bentt se desmayó y fue llevado al hospital. Duró 96 horas en coma. “Bendito Dios”, fue lo primero que salió de su boca, cuando Michael despertó y el doctor en turno le dijo que tenía un daño cerebral y que otro golpe podría matarlo.

Por fin podría decirle a su padre que no pelearía más, algo que originó la separación de los Bentt. El hijo por fin podría dedicarse a otra cosa.

A sus 55 años, Michel Bentt asegura que ser noqueado, hace 25 años, fue lo mejor que le sucedió. Y es que, después de abandonar los cuadriláteros, Michael se refugió en cursos de literatura y comenzó a escribir artículos en revistas como Fight game. También comenzó a entrenar a actores que tenían que interpretar a boxeadores en desgracia.

Un día sonó su teléfono. El afamado director de cine Michael Mann lo quería para que interpretara el papel del mítico Sonny Liston en la película Ali (2001), donde compartiría ring y escenario con el actor Will Smith. Y de nuevo la ironía. Otra vez tenía, frente a frente, la imagen de Cassius Clay. Y éste lo tumbaba en el cuadrilátero.

Tres años después, fue llamado por Clint Eastwood para que fuera asesor de boxeo de la actriz Hilary Swank en el filme Million Dollar Baby (Golpes del destino). En dicha película, también aceptó un papel pequeño frente a las cámaras.

No abandonó el boxeo del todo. Años más tarde escribiría y dirigiría la obra teatral Kid Shamrock, misma que encendió las luces en Broadway.

Hoy es amigo del actor Mickey Rourke (Nueve semanas y media). Ambos gastan las horas hablando de cine y pugilismo. El actor, quien probó fortuna en el ring, ama el box y confiesa que soñaba ser campeón del mundo. Michael Bentt le responde que odia los golpes y que cambiaría su cinturón de la OMB por ser famoso en el séptimo arte. Y agradece que el último golpe que recibió (ante Hide), le cambió la vida. Para bien.







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