Cuando la sombra de la noche cubrió al sol, todos gritaron, se persignaron, se hincaron ante el fenómeno. Levantaban sus brazos al cielo. Uno vio a la muerte señalándolos a todos, otro dijo que era el fin del mundo, otro que ya nunca despertaría porque le habían robado el sol. Se hicieron bolita en el pasillo, abrazados unos a otros. Lloraban, cantaban alabanzas a la Virgen del Chorrito. Suplicaban por el perdón de todos sus pecados.
Doña Cande ganchaba seguros metálicos a sus ropas para que no se le fuera a malograr el hijo que llevaba en su vientre desde hacía más de cuarenta años, al que todos los días paría en medio de pujidos y gritos a los cuatro vientos.
Don Neto y el Profe, abrazaban a los más desprotegidos, los que suplicaban la venida del padre que los había abandonado de niños y que los había traído, con cara de hijos después, al asilo. Lo cierto es que cuando el eclipse se dejaba venir, asomándose por las rendijas del lugar, destrozándose en miles de lunas pequeñitas, los animales se pusieron inquietos, las gallinas corrían a buscar el mezquite más cercano, los perros aullaban con lamentos largos, lastimeros.
Ahí estaban los viejos abrazados viendo al cielo, viendo a sus recuerdos, porque a estas alturas de sus vidas, su futuro está decidido, ya no es incierto.
Poco a poco se hizo el silencio. Esperando que la muerte se asomara desde el cielo y se dejara venir. Todos, no importa la edad, ahí me di cuenta, le temen a la muerte.
El Profe no sé de dónde sacó una pistola que apuntaba al cielo.
-Nomas que te asomes tantito pacá y te voy a partir la madre.
-¡Ya es de noche profunda!
Gritó la hermana Magda mientras rezaba un padre nuestro.
-Ahí viene la huesuda, ahí viene.
-Más te vale que pases al ladito, desgraciada.
Gritaba el profe, mientras disparaba al cielo.
Se escuchó como un aleteo de zopilote pesado y un cuerpo que cayó en el centro del patio.
-Ora si me la pelaste. Ahora si a gritar de felicidad, ya le dí en la madre a la muerte. Alégrense que la muerte cayó redondita por mis balas.
Hoy era distinto a los demás días, dos acontecimientos importantes eran esperados: el día del temido eclipse, pero también era la visita del anunciado espectáculo de los cómicos, que llegaron con una guitarra bajo el brazo, con megáfonos que inventaban una voz poderosa, con acrobacias mal ejecutadas y con una actriz gorda que seguramente un día fue guapa.
Tocaron un corrido desafinado, se pusieron una peluca mal lavada y corretearon con globos semejando ser pechos generosos en el flaco cuerpo del actor.
-¿Son húngaros?-pregunto doña Mari.
-No, son artistas, les dijo uno de las hermanas. Apláudanles, ellos viven del aplauso.
-Seguro que a mi nuera, la artista, le aplauden mucho-susurró don Neto.
Y los viejos callados, se voltearon viendo al cielo. Esperando el temido eclipse. Por más que la hermana Magda intentaba animarlos, a hacer como que estaban felices, golpeando una mano con otra para igualar un aplauso. Uno de ellos apretó sus labios en señal de silencio, otro más se cerró la boca con las dos manos, otra se amarró una toalla en el rostro, solo dejando libre sus ojillos para poder ver al cielo. Los cómicos ofendidos y frustrados levantaron su teatrito, guardaron su sonrisa maquillada y se fueron jurando jamás volver al sitio donde se huele a muerte, dijo la actriz gorda.
Los viejos ni cuenta se dieron cuando los artistas se empezaron a retirar solo acomodaron en filita las sillas para pasar a respirar tantito y a lo mejor por última vez, dijeron, el aire con sol.
Todos aplaudieron cuando el profe corrió a descubrir el cadáver de la muerte que había caído en el centro del patio.
El corazón se le movió como maraca sin ritmo en el pecho, al darse cuenta que en el piso del asilo boqueaba agonizante la actriz gorda.






