Hoy me caló hondo la soledad, verdad de dios, por más que me refugié en las historias de aquellos viejos, en sus carencias, no lograba aplacar las mías. Me vi parte de ellos, arrastrando rutinas y dolencias añejas. Atenidos a la ayuda desconocida, a la mano que lo ayudara a caminar, a la ausencia de hijos, a las ingratitudes de todos. No soy tan viejo claro, cincuenta y dos años apenas es un poquito más de medio siglo, pero ya la plata de mis cabellos estaba ganando terreno.
Un dolor se me encajó como cuchillo ardiente debajo de la nalga izquierda, se clavó humillante hasta hacerme caer al piso, no podía mover la pierna, se ponía tensa, dócil al dolor. Mi orgullo me obligó a arrastrarme hasta abrir la puerta de mi casa vacía, la construí tan lejos del asilo, pensé, aunque solo la dividía un patio sembrado de rosales, abrí la puerta y me recibió la fetidez a viejo, a verlos sentados en filita mirando al horizonte, esperando que las horas les trajeran nada, eternamente quietos, muchos ya inmunes a la razón, esperando la muerte entre respiraciones cortitas, esperando al ser querido que un día los llevó prometiendo visitarlos.
Cerré la puerta fuertemente al darme cuenta que el olor rancio provenía de mí, sudaba a libro viejo, a papel añejo. Y me detuve, a buscar mi propio diagnóstico de médico. Sonreí hasta liberar una carcajada. La ciática se me presentaba sin aviso. Ya me había dado dos que tres llamadas, la presión alta también, herencia de mis dos infartos cuando me avisaron que allá a la salida del cine, al cruzar el riel, un comando armado había destrozado a balazos a mi mujer y a mis hijos.
Con el corazón caminando a marchas forzadas fui a reconocer sus cadáveres, aguanté el mar de agua hirviendo que se me vino encima cuando descubrieron sus rostros. Mi flaca estaba hermosa ante la muerte, con ese gesto de siempre, de no te preocupes todo estará bien, mi hijo el mayor si tenía el coraje y la impotencia reflejado en su rostro, no había podido espantar las balas con su cuerpo, cuando se arrojó enfrente de su madre para protegerla de la muerte. Mi hija fue sorprendida en el último suspiro, a punto de entonar una canción. Ahí estaban fundidos todos nuestro sueños, desparramados en flores oscuras en sus rostros, flores marcadas sin pétalos por las balas. Recuerdo clarito como por la ventana la luna alargaba su luz para tratar de consolarme. Salí de ahí cargando tres ataúdes a mi espalda. Tres amores que se me desangraron en el pavimento caliente del atardecer.
Volteé a ver a dios pero se me escondió apenado entre las nubes.
Se tapó los oídos a mis gritos y maldiciones. Las ventanas de las casas se cerraban al verme pasar, cargando mi cortejo de muerte, nadie quería ser identificado como amigo, por temor a los que destrozaron a mi familia. La policía dijo que investigaría, el presidente municipal dijo que investigaría, el gobernador del estado dijo que investigaría y todos guardaron silencio a las promesas.
Al pié de la foto de la prensa al día siguiente, el gobernador sonreía ampliamente anunciando que Tamaulipas era un estado seguro para vivir, que ningún demonio alado correteaba por las calles, que seguramente los caídos en esta guerra solo eran implicados en delitos.
Le menté la madre a los cuatro vientos y avancé al panteón a cavar mis sepulturas, pero ya estaban tres tumbas abiertas, ya estaban todas las flores del rosal del patio central esperando a mis muertos, todos mis ancianos, cantando rosarios y bendiciones. Se juntaron, me abrazaron y se fundieron conmigo en un abrazo eterno. Ese día afirmé mi compromiso con ellos, con la única familia que me quedaba.
Mejor cerré la puerta y me tiré en el piso, para no darles una preocupación más a los viejos, para que no pensaran que se iban a quedar huérfanos. Afuera el sol hervía cubriendo de fuego sus silencios. Debía estar bien, pero mi cuerpo se negaba, debía estar fuerte pero mis músculos querían vencerse y agarrando fuerzas me paré, me detuve en la puerta y le grite al profe.
–Listo Profe, vamos a pedir la mano de su artista.






