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Las puertas del Invierno – Capítulo XXX Final

Por: Medardo Treviño-José Ángel Solorio
21-05-2020

Insistieron varias veces en sacarme de la habitación.
Las mismas, que rechacé.
–¡Vamos a quemar todo, doctor! ¡Sálganse!–bramó el Jarocho, mientras ordenaba el despliegue de cinco de sus hombres con unas yogas llenas de gasolina.

El Profe y el doctor, muy a su pesar aceptaron mi decisión, se sumaron a los desalojados y les pidieron alejarse del conflicto. Empezó la quemazón, de sur a norte. Las casas, de madera y rojas tejas, empezaron a arder. Cuando uno de los gatilleros empezó a tirar combustible frente a mi habitación, rompí un vidrio y solté un plomazo que casi desprendió una pierna al atacante.

El muchacho, todavía quiso defenderse y accionó su pistola. Fue su error: el flamazo del tiro, hizo explotar la yoga casi en su rostro. Pobrecito: gritaba desesperadamente y llamaba con dolorosos aullidos a su mamá.

Me llegó un tufo a carne carbonizada que despertó mi asco.

El doctor y el Profe, corrían levantando polvo en el patio, con un viejito en cada mano, tratando de alejarlos de la bronca que se veía venir. Pusieron a resguardo a casi todos; sólo dos, por las premuras, después deduciríamos que estaban en el baño, quedaron atrapados en la quemazón que en minutos se agigantó.

–¡Muévanse cabrones!–gritaba el Jarocho con sus brazos descansando en la puerta de entrada.
Grité con la fuerza del rencor y el odio:
–¿Ya salieron todos doctor?
Vi al Profe mover su sombrero, de arriba abajo.

El humo, negro, en espiral, moviéndose lentamente se expandió tanto por el refugio, que por unos minutos se nubló el lugar.

Apunté mi 30-30 directo al pecho del Jarocho. Estaba a no más de sesenta metros de mi cuarto. Sencillo. Usualmente, a cien metros hacía un tiro preciso en el pescuezo de un jabalí. Tan seguro estaba de su operativo, que hablaba tranquilamente con el doctor y el Profe.

El plomazo, lo lanzó sobre su camioneta blindada con un hoyo abajito de la garganta por donde se le fue, en rojo, la vida. El segundo al mando, reagrupó a los mañosos y ordenó concentrar la agresión sobre mi habitación.
Me tiré de panza al piso y esperé la ofensiva.

Por quince minutos escuché zumbar los plomos de las AK 47, que atravesaban las paredes de madera. Se aplacó un ratito la balacera. Creo que pensaron que me habían chingado. Me levanté del suelo, y disparé a tres de los atacantes que se resguardaban tras las cajas de las trocas. Le di a dos; del tercero, vi volar su gorra.

Diez minutos más tarde, aparecieron corriendo, como si fuera una carga de caballería, doce malandros con chalecos antibalas, intentando llegar a mi habitación. Cayeron otros tres; y uno más, quedaría boqueando por el impacto del proyectil sobre su escudo de acero. Los restantes, se abrieron por los flancos y regresaron a guarecerse tras los vehículos blindados.

A los muertitos, les pegué en la cadera, como cuando uno le tira al codillo de los venados.

El titubeo que provocaron las bajas de los malosos, me dio tiempo de pensar. Puse en mi paliacate dos puños de tiros y los acomodé sobre un comal de acero. Luego, encendí la estufa.

Encajé la pistola en mi cintura, me puse el sombrero y salí a campo abierto por la retaguardia del refugio bajo la sombra de los humos. Llevaba corriendo como cien metros, cuando escuché el tronido de las balas del sartén.

Los malosos, reaccionaron al sonido de los tiros y concentraron su fuego en donde pensaron que yo estaba.

En seguida, me sacó el Stetson la explosión del tanque colectivo de gas butano, que estaba a tres metros del cuarto del Profe y mío.

Dos parcelas más adelante, bajo un mezquite vi a dos mulas. Eran de mi amigo Luis. Las utilizaba como tiro para su arado.

En una de ellas, llegué a las orillas del río Bravo. A nado, hice los sesenta metros de furiosas aguas esquivando troncos y leños.

Al otro día, estaba en la casa de mi compadre Rubén Benavides en Weslaco, Texas.

Los bomberos, sólo encontraron cenizas. Los peritos, aseguraron que el estallido del tanque da gas butano –doscientos kilos–, pudo pulverizar mi cuerpo. El doctor y el Profe, me hicieron un sepelio muy bonito. Chingo de flores, muchas palabras hermosas de mis amigos y un ataúd de pura caoba –metieron los fierros retorcidos en que quedó mi 30-30 y unas botas extrañamente intactas a pesar de los embates de la lumbre– que el doctor pagó con su pensión. El nuevo jefe de plaza, se disculpó y les regresó el solar con casas nuevas.

Según me enteraría después, mis hijos estuvieron ausentes porque vacacionaban en Viña del Mar, Chile.
¿Para qué decepcionar al Profe y al doctor?
¿Cómo pagar el adelantado sufrimiento de mi muerte?
¿Volver para dar otra vez el pesar del luto, con mi fallecimiento verdadero?
¿Para qué andar ofreciendo felicidad y cariño a quienes no los aceptaban?
–Mira Neto, ella es mi cuñada Sara–dijo Rubén desenredando el ovillo de mis pensamientos.
Me sentí cayendo en una noria.
Vi unos ojos azules, como tersas plumas de chuparrosa, que me rescataron del mundo de los muertos.




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