Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Los organilleros sobrevivieron a la época porfiriana, a la misma Revolución.
Por generaciones, esta actividad tradicional se ha pasado en muchas familias, sobre todo en lugares como Coyoacán pero no ha dejado de ser una tradición icónica de la Ciudad de México.
Hoy y desde hace 20 días, los victorenses pueden disfrutar de una de las 8 melodías que tiene este instrumento musical.
Guadalupe López, uno de los tres organilleros, (que también se les puede llamar cilindreros) revela que en años anteriores, solamente se quedaban un día en esta ciudad y continuaban su camino hacia la frontera, sin embargo en esta ocasión, no fue así y su estadía en Victoria se ha prolongado.

El organillero mencionó que el recibimiento de los victorenses ha sido bueno, a pesar de que no a todas las personas les gusta la música que suena desde el órgano.
-“Sí nos han tratado bien, no decimos que no”.
En cuanto a su equipo musical señala que también ha sufrido los estragos de las altas temperaturas ya que no suena igual de recio que en otras ocasiones.
-“Como le digo, ahorita el aparato como que ya anda fallando”.
En palabras de Guadalupe López, el calor de Ciudad Victoria “está sabroso”.
No pasa por alto que muchas de las veces, las personas piensan que su profesión es fácil, sin embargo, su instrumento pesa alrededor de 55 kilogramos aproximadamente.
Este organillero, originario de la Ciudad de México, mencionó que cuando llegaron a la capital Tamaulipeca, algunos victorense les temían ya que pensaban que eran agentes de tránsito, por sus uniformes.
Guadalupe López, es acompañado por su esposa y su hermano y se encuentran en el 8 y 9 Bulevard Praxedis Balboa todos los días para deleitar a los victorenses con sus melodías mientras solicitan entre los carros una remuneración económica “de lo que sea su voluntad de corazón”.
Los organillos
De origen alemán, el organillo es uno de los instrumentos más populares en las plazas y avenidas de México, el cual consiste en una caja de madera portátil, con puntillas de bronce que reproducen su peculiar sonido.
Este instrumento se popularizó en el país a finales del siglo XIX, cuando algunas familias de migrantes alemanes se instalaron aquí, entre ellas, los dueños de la casa de instrumentos musicales Wagner y Levien.
Esta reconocida marca de pianos tenía entre sus productos los organillos, los cuales se solían rentar a las personas que quisieran ganar un poco de dinero tocándolo en plazas públicas.
Pomposo Gaona, cuyo padre fue director de la Sinfónica de Guanajuato, llegó a adquirir más de 200 organillos que dieron identidad a este país, ya que sus descendientes continuaron con la tradición y añadieron algunas melodías mexicanas como En tu día, Rancho alegre, Dos hojas sin rumbo o El Danubio azul.
Aunque fueron algunos empresarios, circos y ferias los que compraron los primeros organillos en México, durante el Porfiriato estos se volvieron populares en las calles, ya que se rentaban como fuente de trabajo, o bien, para dar serenatas.
Con el tiempo, los organilleros comenzaron a desplazarse por todas las calles, con el fin de recaudar más dinero, aunque esta tarea no era nada fácil dado el peso de los organillos, de hasta 60 kilos.
Esta tradición logró sobrevivir a la Revolución Mexicana, época en la que se cambiaron las melodías europeas por canciones mexicanas populares, así como aquellas que hacían alusión a la Revolución, como Adelita y La cucaracha.






