La marcha anti Makyito, en Reynosa, Tamaulipas tuvo un gran éxito. Más de un millar de ciudadanos, convirtieron la ira por el desdén de la autoridad municipal, en una jubilosa y creativa protesta frente a la presidencia municipal.
La mayoría de los asistentes, damnificados por la peligrosa tromba que azotó la ciudad, corearon ¡Fuera Makyito¡ y ¡No más doritos!
La primera –que no será la última– movilización desde lo más profundo del pueblo por el rescate de los derechos ciudadanos: la ayuda de la autoridad es un derecho, no un acontecimiento de bondad republicana; el velar por los intereses del ciudadano, es una obligación de la autoridad municipal no un favor institucional.
Ese mismo día y a esa misma hora, que representó un gran esfuerzo ciudadano, varios diputados se preocuparon por el pueblo –como nunca– y salieron a repartir ayudas.
Quizá les falló el timing a esos legisladores.
Probablemente, les faltó malicia.
Fueron los principales defensores de Makyito.
Si pretendían restarle consensos a los Makyiavélicos, les falló.
La conducta boicoteó a los protestantes: con la esperanza de recibir apoyos muchos afectados por las torrenciales lluvias no salieron a protestar.
¿De quién fue tan estúpida idea?
¿Cómo pretenden salvar al pueblo de la burla de los Makyiavélicos, mofándose de los miles de afectados?
Le dieron con esa actitud oportunista y convenenciera, oxígeno puro a la pandilla capitaneada por la doctora Maky.
Es decir: al final del día, los diputados y los Makyiavélicos le dieron la espalda al pueblo; lo acuchillaron con el mismo puñal.
Lo complicado era el inicio.
El primer paso ya está dado.
Mil inconformes –representando a similar número de familias– es un grandioso comienzo. Empezó a hacer agua la nave de Makyito, su novia por contrato y mamá inevitable.
La ira no es suficiente para enjuiciar a una mala administración municipal. La ira organizada, planeada, sí es generadora de cambios. A eso deben aspirar los organizadores de la marcha: darle a la irritación popular un cause funcional, racional.
La actitud de los legisladores y su tarea dispersora –y la de Makyito que todos conocemos–
muestra que sólo el pueblo, puede salvar al pueblo.
Olvídense de Makyito.
Superen la traición de los diputados y Olga Sosa.
Dos senadoras –Olga y Maky– se llenaron de lodo.
El JR salió más listo: hizo un mohín a los depauperados y se fue a la CDMX al senado de la república.
El feudo de los Makyiavélicos, está derrumbándose.






