La caída de “El Mencho” marcó un punto de quiebre. No solo por el peso simbólico del líder del CJNG, sino por el mensaje político que envió el gobierno de Claudia Sheinbaum: la estrategia cambió.
El operativo no fue una acción aislada. Fue una señal clara de que la etapa de los “abrazos y no balazos” quedó enterrada en el terreno donde se libra la verdadera disputa por el Estado de derecho.
El costo ha sido alto. Al menos 23 elementos de la Guardia Nacional perdieron la vida en esta ofensiva. No son cifras frías: son hombres y mujeres que enfrentaron a una estructura criminal con poder de fuego y control territorial.
En el sexenio anterior, la política de contención se convirtió en permisividad. Se relajaron mecanismos de combate y se abrió margen de operación a grupos como el CJNG y las facciones del Cártel de Sinaloa.
Uno de los sectores más golpeados por esa narrativa fue el propio Ejército Mexicano, señalado, limitado y contenido bajo una lógica que privilegiaba el discurso sobre la acción.
Hoy la institución reaccionó. Y lo hizo con determinación. La escena del secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, visiblemente afectado al rendir homenaje a los caídos, no fue un acto protocolario: fue la dimensión humana del combate.
La estrategia actual ha sido reconocida incluso por voces opositoras. No es menor. En seguridad, cuando se actúa con firmeza, el respaldo suele trascender colores partidistas.
También es cierto que muchos ciudadanos consideran que la reacción llegó tarde. Y no es una crítica gratuita: el país acumuló años de expansión criminal bajo una política que apostó a la contención moral.
Sheinbaum, no solo enfrenta a los cárteles; enfrenta la herencia de una narrativa que debilitó el concepto de autoridad. Corregir eso implica asumir costos políticos y operativos.
Además, el reconocimiento abierto de cooperación en inteligencia con Estados Unidos muestra una visión pragmática. En un fenómeno trasnacional, la coordinación no es sumisión, es estrategia.
Sin embargo, nadie puede cantar victoria. Cuando un grupo de este tamaño es golpeado, suele replegarse, reorganizarse y buscar revancha. El Estado debe anticiparse.
El fondo es claro: la presidenta está corrigiendo la ruta en materia de seguridad. En parte por convicción, en parte por presión internacional, pero sobre todo por la realidad del país.
Ahora el desafío también es para Estados Unidos. Si México enfrenta a sus capos, el vecino del norte debe asumir su responsabilidad en el consumo y el flujo de armas.
La política de seguridad dejó de ser retórica. El mensaje es directo: el Estado volvió a usar su fuerza. Y eso, guste o no, cambia el tablero nacional.





