De pronto, el miedo no vino de la carretera ni del monte. Tampoco de un convoy criminal. El terror salió desde adentro del propio ‘cuartel’ de la Guardia Estatal en Padilla.
Un policía comenzó a disparar desde la ventana del segundo piso del hotel, habilitado como base operativa. Las detonaciones rompieron vidrios, perforaron patrullas y obligaron a sus compañeros a buscar refugio improvisado.
Durante varios minutos, nadie entendía qué estaba ocurriendo. Algunos creyeron que se trataba de un ataque externo. Pero no. El fuego venía desde una habitación ocupada por un elemento activo de la corporación.
Adalid Enrique “N” acababa de convertir su cuarto, del segundo piso, en una trinchera. Armado y fuera de control, disparaba sin detenerse mientras sus compañeros permanecían atrapados dentro del inmueble.
La escena pudo terminar en tragedia. Varias balas impactaron una unidad oficial que terminó sirviendo como escudo, para policías que descansaban después de comer dentro del cuartel improvisado.
La situación obligó a cerrar la carretera en ambos sentidos. Automovilistas quedaron varados mientras llegaban refuerzos de Güémez y otros destacamentos cercanos para intentar contener la agresión.
Los elementos que estaban dentro del hotel, poco podían hacer. Salir era exponerse. Cualquier movimiento los convertía automáticamente en blancos visibles frente al tirador atrincherado.
Desde el exterior, los policías que arribaron en apoyo, comenzaron a responder el fuego. El intercambio de disparos se extendió durante minutos de enorme tensión en plena carretera Victoria-Matamoros.
Quienes estuvieron cerca, aseguran que el agente no dejaba de disparar. Parecía no agotarse el parque. Afortunadamente, ninguna bala alcanzó a civiles ni a conductores que transitaban por la zona.
Sin embargo, el riesgo obligó a activar un cierre total de circulación. Los vehículos quedaron detenidos en ambos sentidos.
Después de casi veinte minutos, un disparo de precisión logró impactarlo en el costado del abdomen. La intención no era abatirlo, sino frenar el ataque y evitar una tragedia mayor.
Herido, fue sometido y esposado de inmediato. Los policías que presenciaron el episodio describieron al elemento en condiciones alteradas y con posibles indicios de consumo de sustancias.
Ni siquiera en medio de la emergencia aparecieron los servicios médicos. Fueron policías de Güémez y Padilla quienes terminaron trasladándolo por carretera al Hospital General de Ciudad Victoria.
Ahí permaneció internado durante dos días bajo custodia. Una vez estabilizado, la Fiscalía General de Justicia logró su vinculación a proceso y posteriormente fue enviado al penal de Altamira.
Pero más allá del expediente judicial, el caso dejó abiertas preguntas incómodas sobre el estado emocional, operativo y psicológico en el que trabajan muchos elementos de la Guardia Estatal.
Porque el problema ya no solo es enfrentar al crimen organizado. Ahora también existe miedo dentro de los propios cuarteles, entre policías agotados, presionados y prácticamente abandonados institucionalmente.
Los agentes que operan en esa región siguen sin recibir bono de riesgo porque oficialmente “no trabajan en una zona de alto peligro”. Las balas de Padilla demostraron exactamente lo contrario.
A lo mejor en el escritorio, alguien supone que el riesgo solo existe en la frontera. Como si una bala disparada en Padilla, tuviera menos capacidad de matar que una disparada en Reynosa.
Y ahí aparece otra institución que comienza a quedar bajo cuestionamiento: la Universidad de Seguridad y Justicia de Tamaulipas. Los hechos exhiben vacíos preocupantes en prevención, seguimiento y atención especializada.
La USJT no debería limitarse únicamente a graduar policías o impartir clases. También tendría que construir protocolos de contención emocional, monitoreo psicológico y atención permanente para elementos operativos.
Porque después de un hecho así, resulta evidente que algo dejó de funcionar desde hace tiempo. Y no solamente dentro de la corporación policiaca, sino también en los mecanismos de formación institucional.
La Secretaría de Seguridad Pública puede intervenir en temas administrativos o médicos, pero la USJT tiene un campo enorme para investigar, innovar y desarrollar modelos preventivos especializados.
La percepción interna es que la institución vive atrapada entre burocracia, desgaste administrativo, simulación y conflictos personales que terminan afectando su función académica.
Hay maestros preparados y perfiles capaces dentro de la Universidad, pero también existe molestia por decisiones internas y actitudes que han deteriorado el ambiente profesional entre personal docente y administrativo.
Por eso, no pasó desapercibida la advertencia lanzada esta semana por el coordinador panista Gerardo Peña Flores, quien alertó incluso riesgos para mantener la acreditación internacional de CALEA.
Y el señalamiento no es menor. Porque cuando un policía termina disparando contra sus propios compañeros dentro de un cuartel, el problema ya dejó de ser individual. Ahí lo que falló fue todo el sistema.






