La llegada del doctor Ricardo Guerrero a la Secretaría de Salud abre una nueva etapa, pero antes de anunciar cambios deberá realizar un diagnóstico profundo de toda la dependencia.
Su primera tarea consiste en identificar a las mujeres y hombres con capacidad técnica para sostener la operación diaria y acompañarlo en la reconstrucción del sector.
La Secretaría necesita una cirugía institucional, no improvisaciones. Cada área debe revisarse con criterio profesional para corregir fallas sin afectar los servicios esenciales que recibe la población.
Cambiar de golpe a los principales responsables podría provocar una crisis operativa innecesaria, especialmente en dependencias donde los programas anuales ya se encuentran plenamente calendarizados.
No pueden detenerse las campañas de vacunación, el combate a enfermedades, la vigilancia epidemiológica ni las acciones para contener brotes sanitarios que requieren atención permanente.
El nuevo secretario Guerrero, también deberá auscultar con precisión la operación administrativa, revisar el manejo presupuestal y conocer con detalle el destino de cada peso público.
Será indispensable evaluar el estado de las obras hospitalarias, verificar sus avances físicos y financieros, y determinar si requieren recursos adicionales para concluirse correctamente.
Otro frente prioritario será revisar la estrategia del IMSS-Bienestar, particularmente la coordinación con la Secretaría de Salud y los proyectos destinados a fortalecer hospitales y clínicas.
Ese análisis, permitirá conocer dónde existen rezagos estructurales, cuáles programas funcionan y qué áreas requieren una intervención inmediata para recuperar eficiencia y calidad en la atención.
La dependencia puede arrastrar problemas crónicos, pero también cuenta con personal que conoce el sistema. El desafío será corregir lo necesario sin romper la estructura que mantiene funcionando al sector.
Volvieron los ídolos
No es común dedicar espacio al futbol en esta columna, pero la actuación de la Selección Mexicana en el Mundial 2026 merece una lectura más profunda.
Durante muchos años, el futbol mexicano se convirtió en un negocio exitoso, aunque incapaz de producir referentes que despertaran admiración genuina entre millones de aficionados.
La afición dejó de identificarse con futbolistas capaces de trascender generaciones. Había buenos jugadores, pero faltaban esos personajes que inspiraban dentro y fuera de la cancha y este es un tema que dominan muy bien compañeros como Dario Verá, Mauricio Zapata o Roberto Aguilar por nombrar a periodistas destacados en Tamaulipas.
Durante décadas nos preguntamos quién ocuparía el lugar de Hugo Sánchez, Rafael Márquez, Jorge Campos, Cuauhtémoc Blanco, Manuel Negrete o Javier “Chicharito” Hernández.
También quedaron enormes vacíos tras las salidas de Ramón Ramírez, Carlos Salcido, Francisco “Maza” Rodríguez, Óscar Pérez y otros futbolistas que marcaron una época.
Hoy esa espera parece terminar. La selección dirigida por Javier Aguirre devolvió algo que parecía perdido: jugadores capaces de convertirse nuevamente en auténticos ídolos nacionales.
Las imágenes de Gilberto Mora abrazando a su familia entre lágrimas reflejan una generación distinta, más cercana, más humana y consciente del privilegio que representa vestir esa camiseta.
A ellos se suman Guillermo Ochoa, Johan Vásquez, César Montes, Edson Álvarez, Luis Chávez, Raúl Jiménez, Santiago Giménez, Luis Romo, Álvaro Fidalgo y Julián Quiñones.
Más allá de los resultados deportivos, esta generación volvió a conectar con la gente. Recuperó identidad, entrega y liderazgo, valores que parecían extraviados en el futbol mexicano.
Ojalá este Mundial marque el inicio de una nueva época. México necesitaba volver a tener ídolos; hoy, por fin, parece haber encontrado a quienes tomarán esa estafeta.






