El Congreso de Tamaulipas tiene hoy una composición de 18 mujeres y 18 hombres. La mitad del Poder Legislativo está integrada por diputadas y, con el proceso electoral de 2027 cada vez más cerca, varias de ellas ya miran hacia la reelección, una alcaldía u otra posición política.
Y aunque muchas llegaron más por llenar una cuota que como verdadero perfil político, su ambición personal es más grande que un legítimo deseo de contribuir a la comunidad.
Pero el problema no es qué quieran competir, sino lo que algunas han hecho con el espacio que ya tienen.
Varias diputadas, principalmente de Morena, han convertido la defensa de los derechos de las mujeres, personas con discapacidad y otros grupos vulnerables en uno de sus principales discursos públicos.
Presentan iniciativas, hacen pronunciamientos y hablan de igualdad, pero dentro del propio Congreso se escucha otra historia.
Y es que en los pasillos del Poder Legislativo han comenzado a acumularse quejas de colaboradoras que aseguran haber recibido malos tratos de algunas legisladoras.
Mujeres que, según esos testimonios, en público hablan de respeto y derechos, pero en privado ejercen un trato autoritario hacia quienes trabajan con ellas.
De lo que uno se entera en el baño de mujeres.
Hay una lista negra de legisladoras que mientras presumen sus iniciativas de defensa de género y se desgarran las vestiduras con los casos de mujeres maltratadas, cuando se apagan los micrófonos también cambian de rostro.
Hay legisladoras que se presentan como defensoras de causas sociales, pero su comportamiento con el personal genera quejas.
Eva Reyes, Lucero Deosdady, Cynthia Jaime y Silvia Chávez son algunos de los nombres que aparecen en esos comentarios internos.
Desde luego no todas son así, hay buenos ejemplos, mujeres comprometidas que no solo llegaron para llenar una cuota y calentar una curul.
Y es que antes de pedir nuevamente el voto, también deberían preguntarse qué opinión tienen de ellas las personas que han trabajado a su lado.
Porque la paridad garantiza espacios para las mujeres, pero no significa que hagan buenos gobiernos ni sean buenas legisladoras.
Y si una diputada necesita humillar, gritar o tratar como sirvienta a otra mujer para sentirse poderosa, entonces el problema no está en la ley que pretende reformar sino en la forma en que entiende el poder.
EN LA VITRINA: Y defienden sus posiciones como si fuera un kamasutra político.






