Dicen que el tiempo le otorga la verdad justa a todo, y con el paso de los años muchos pueden percatarse que los rebeldes de la adolescencia que marcaban la pauta en la preparatoria acabaron por ser un grupo de personas con características parecidas.
En cambio las nerds, a mitad de la década de los noventa terminaron por romper los moldes.
Esa reflexión pertenece a una mujer que ahora vive justo a mitad de los treinta, se le observa en calma durante el jueves por la noche mientras disfruta del calor de verano con pláticas interminables de conquistas masculinas en boca de una de sus mejores amigas.
Son los años treinta para ambas y ninguna consolida aún la familia tradicional, ninguna ha obtenido un solo bien material por comportarse como “princesa”, pero ambas son las reinas en el ámbito profesional.
Mujeres de vanguardia que justo entre sus pecados más recónditos ubican los gastos frívolos.
Ninguna lo acepta de manera directa, pero cuando una se atreve a decir que la última depresión costó unos zapatos de marca, la otra admite haber pagado más de 10 salarios mínimos por acicalar las tristezas en una sala de belleza.
Ambas sonríen por el espacio de confesiones y ninguna siente atracción por estar al otro lado del aro preparando esa noche una cena para cuatro entre biberones y por obligación.
Observan con triunfo que con el tiempo se han librado junto con los ambientes tradicionales, de los hombres que perseguían esos espacios y que ahora lucen descuido en la imagen.
Los gastos por vivir el “forever alone” hasta resultan placenteros después de las tristezas, sobre todo, aquellas relacionadas con los maravillosos hombres que pueden medir su impacto brutal con el ticket de compra.
Ninguna tiene un interés por ser la reina del hogar, mientras puedan continuar el reinado de su vida.





