Lo cotidiano que en los partidos de fútbol se volvió la frase “la violencia se transmite de la cancha hacia la tribuna”, situación que es una realidad, no fue suficiente para que los dirigentes, militantes, candidatos, simpatizantes, voceros políticos, etcétera, calcularan el riesgo de meter un tema tan escabroso en la contienda electoral: la inseguridad.
Problemática social que tiene sinónimos, algunos de los cuales desde hace poco menos de seis años no se pueden publicar ni pronunciar, claro a menos que se tenga un salvoconducto o acuerdo con los generadores o un cuerpo de seguridad de primer nivel que lo acompañe a cualquier lugar.
Pienso que tanto los acusadores como los acusados, por el bien de la macro pero sobre todo de la microeconomía, deben autoestablecer urgentemente límites al lenguaje que vienen utilizando y, en caso de que verdaderamente les preocupe el sentir de la ciudadanía, pactar para sacar de la guerra sucia el tema delincuencial.
Esto al margen de los procesos judiciales que deseen iniciar, pues también estamos conscientes de que si alguien ha violado la ley y ha engañado con una falsa honorabilidad a la sociedad, debe pagar y ser sometido a juicio apegado a derecho y sentenciarlo según corresponda.
Igualmente haciendo a un lado las preferencias partidistas, no se puede entender la falta de sensibilidad para hacer una cuasi apología del peor flagelo que hemos padecido en nuestro estado, como si culpando o exculpando retornarán en automático la paz, seguridad y tranquilidad que hemos perdido, insisto desde hace más de un lustro.
Porque, por si no lo sabían, en nuestra Ciudad hablar de inseguridad o delincuencia obliga a voltear hacia todos en busca de posibles receptores no deseados, o en el peor de los casos pedir al interlocutor que se calle porque muchos preferimos no saber o no enterarnos ya sea porque no queremos que alimenten nuestra paranoia, o porque lamentablemente hemos sufrido muy cerca, en familiares o amistades, las consecuencias.
Es cierto que en la guerra y en el amor todo se vale, pero en este caso no se puede pasar por encima de la preocupación y el miedo social, si un candidato está sucio y el otro limpio no nos importa, lo que a ras de tierra necesitamos es alguien que venga y nos quite el miedo, que se fije plazos para lograrlo y que someta su trabajo a evaluación, que no le importe perder su chamba si no cumple.
Por respeto a las decenas o cientos de miles de tamaulipecos que han perdido a un ser querido o su patrimonio para rescatarlo, ya no mezclen el tema de la inseguridad con las campañas, si saben quién o quiénes permitieron que otros nos robaran la paz, procedan con toda la fuerza de la ley porque entonces sí pensaremos que van en serio y que no están nuestro miedo para acceder al poder.
APUNTE.- Primero lo ocurrido en Tampico en el desfile del Día del Trabajo el pasado uno de mayo, sólo fue el preludio de lo que la noche del sábado sucedió en uno de los cruceros de la Ciudad más codiciados para todo: pedir limosna, limpiavidrios, repartir o mostrar publicidad de todo tipo, botear… bueno menos para colocar retenes o colocar filtros antialcohol.
La reyerta que protagonizaron naranjas y azules o azules y naranjas, según el cristal con que se mire, nos muestra lo grave que se puede poner una campaña política cuando no se capacita y mentaliza a quienes por un sueldo o gratuitamente estarán en las pomposamente llamadas brigadas de impacto.
Lo normal en estos casos es que no haya castigo para nadie, lo sorprendente sería que con madurez se sienten los contendientes a dialogar y comprometerse a que ya no habrá más altercados, pero, con disculpa de los sus simpatizantes: Es más fácil que Correcaminos ascienda o Cruz Azul sea campeón, lo que ocurra primero.
PENDIENTE.- ¿Se acuerdan de aquellos dos ex gobernadores, uno que salía a la plaza a bolearse y el otro que caminaba de su oficina a la casa a comer con su mamá, ambos sin guaruras? Qué bueno, porque esas épocas ya no volverán.
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