Retomando el tema de los combustibles y su impacto a la economía local, fue necesario primero hacer algunos cálculos matemáticos. Es una cosa curiosa, las matemáticas no son sino otro lenguaje a través del cuál interpretar lo que sucede a nuestro alrededor. Su importancia en el contexto socioeconómico es fundamental.
Primero, es necesario referirnos al entorno monetario en el que se desenvuelven los concesionarios del transporte público, que va a ser el tema principal de este artículo.
Se detalla mediante un estudio cercano que los ingresos directos por la operación de un microbús no rebasan los tres mil pesos mensuales. Las prestaciones de seguridad social de la empresa cubren en su mayoría las necesidades menores que puedan presentarse eventualmente pero aún así nos referimos a un ingreso mensual bajo.
Estos ingresos son los principales elementos bajo amenaza por el reciente aumento al precio de los combustibles fósiles, ya que del pasaje cobrado durante la jornada al público es destinado, en parte, a costear la gasolina. El resto, en el sueldo del chofer y las necesidades de mantenimiento de su máquina.
Ahí está la primera baja. La segunda es el rendimiento de las unidades de transporte público, tanto en disponibilidad para el usuario como en vida útil. Cada microbús tiene, en promedio, una vida útil de 15 años. Después de estos 15 años, lo ideal es que sea reemplazada por una nueva inmediatamente. En Victoria, el microbús más joven tiene unos siete años en circulación; el más viejo pasa los 30 años de servicio. El promedio de vida en servicio de los microbuses victorenses es de 18.4 años.
Esto no sólo significa que la flotilla de microbuses sea vieja, sino que además por su mismo deterioro es propensa a desperfectos que los dejan fuera de circulación, frecuentemente durante el recorrido diario. Esto resta la funcionalidad de la ruta que sufra una baja y por lo tanto impacta al usuario y al concesionario. ¿A que no adivinan de dónde sale el dinero para reparar los micros descompuestos?
Con eso, viene la tercera baja: El usuario. Victoria tiene, de acuerdo con la Dirección de Tránsito municipal, un padrón vehicular de más de 80 mil coches registrados, además de 26 mil carros “chocolates” que circulan por ahí. El grueso poblacional de Victoria es de 320 mil habitantes aproximadamente, con un crecimiento poblacional de 19 por ciento en los últimos diez años.
Esto se traduce a que uno de cada tres victorenses posee un automóvil.
El resto utiliza el transporte público o algún otro medio para trasladarse a donde requiera ir. Esas dos terceras partes son vulnerables a cualquier avería, desperfecto o inconsistencia del servicio de transporte.
Con el aumento al precio de los combustibles se ha dado también un incremento en años anteriores a la tarifa del servicio. El costo del pasaje se multiplicó en menos de diez años; en el 2006 el pasaje general era de cuatro pesos y el de estudiante o adulto mayor era de dos. Actualmente, el pasaje general es de nueve pesos. El principal afectado por este aumento, naturalmente, es el usuario.
Sin embargo, cabe resaltar que el aumento no es por hacer la maldad, sino por responder a una necesidad de parte de los choferes de obtener el sustento diario y al mismo tiempo mantener viva a su máquina cuando ya debería retirarse y recibir una nueva.
Esto no quita que el aumento al pasaje impacta directamente en la economía primaria del usuario, quien requiere del servicio de transporte para llevar a cabo su día. En el grueso de usuarios destacan estudiantes, empleados particulares, enfermeros y uno que otro cantautor.
Otro aumento al pasaje, si bien representaría una solución inmediata, no es una respuesta duradera a la situación crítica del parque vehicular del transporte urbano, además de haber sido declarada inviable por el Congreso local, ya que las unidades no dan el ancho en las normas de utilidad y actualización.
Y ahí está la cuarta baja. Quedó pendiente, por cierto, en la agenda legislativa, la homologación del precio del combustible con el de la franja fronteriza. Ojalá no le peguen al payaso y la homologuen pero la de aquí con la de allá, porque entonces sí va a valer madres. ¡El chiste es que baje, no que suba!
En fin, ojalá que Ramiro Ramos no se haya echado la hablada y cumpla con esa enmienda urgente, porque ahí está la clave para normalizar el servicio del transporte urbano, entre otras cosas.
Adendum: Coralisa Chaparrovska, profesora de bolsillo por su estatura compacta y coqueta, le manda saludos a mister Rafael Méndez Salas por su “espléndido” regalo de una USB de un GB de espacio el día de su graduación. De paso, me platicó de su trámite para la cédula profesional, para el cual le piden papelería y media y después le cobran por devolverle los documentos. Sí, leyó bien. Cobran diez morlacos por cada papel. Pin pon papas.
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