Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Un sábado de lluvia y frío dio paso a un amanecer gris del domingo 13 de noviembre, fecha marcada en el calendario de cada católico de Tamaulipas para recordarles de una cita con sus hermanos en la fe.
Y a pesar del color de plomo en las nubes, las calles de Victoria se iban llenando de voces y colores, de risas y de oraciones. Las parroquias de esta Diócesis se reunieron con sus pastores y partieron, a pie o en vehículos, a la congregación.
Llegado el momento, cada parroquia fue presentándose y dejando ir sus globos, como rezos en forma corpórea, hacia el cielo, en medio de los aplausos y el júbilo de los presentes.
Así comenzó la mañana del domingo, día en que se clausura el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia. Es extraordinario por dos razones: La primera, porque cada año jubilar se celebra cada 25 años, ordinariamente. La segunda, porque el Papa Francisco, ante los tiempos violentos que vive el mundo, proclamó un llamado a las raíces de la Iglesia, que son el amor, la piedad y la bondad.
Así de extraordinario este año, fue de extraordinaria su clausura. La reunión de los católicos fue en el Paseo Pedro José Méndez, a donde llegaron desde todos los puntos cardinales; por el norte, Padilla, Güemez, Hidalgo; por el sur, Jaumave; Casas, desde el oriente; y Bustamante y Palmillas del poniente.
A la cabeza de los contingentes, sus fieles párrocos y rectores espirituales, salvo por uno: El presbítero Carlos Ornelas Puga, quien desapareció hace cuatro años sin dejar rastro. Su única presencia fue en las oraciones de quienes lo recuerdan con amor y respeto.
Así comenzó una marcha de veinte mil almas por el centro de Victoria, rogando para que la misericordia y la paz vuelvan a sus vidas. Los rezagados, sin interrumpir, se sumaban a las filas y hacían eco en las plegarias de los demás.
El centro de la ciudad se vio vacío, atípicamente, a las nueve de la mañana; todos acudían a la marcha, aunque fuera sólo para observar, decir en un murmullo su oración y retirarse a sus deberes rutinarios.
Para las 09:30, la caminata se detuvo en el estadio Marte R. Gómez, donde un altar improvisado en la cancha de futbol anunciaba silenciosamente los ritos que estaban por celebrarse.
Los fieles tomaron sus lugares en las butacas y las gradas del lugar, donde sus voces arrullaron los gritos y aplausos de justas deportivas celebradas tiempo atrás. El cielo, poco a poco, corrió sus cortinas y dejó salir al sol a jugar con los ojos de la gente.
Lleno el estadio, a las 10:07, hicieron su entrada los presbíteros, diáconos y el obispo de la Diócesis, Antonio González Sánchez. Un centenar de túnicas blancas caminaron alrededor de la pista, mientras la música llenaba el lugar, cortesía del coro de la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús.
Hecha su caminata, avanzaron, juntos, por el pasto húmedo de la cancha y se inclinaron en reverencia ante el altar, para comenzar con la santa misa que cerraría el Año Jubilar Extraordinario.
EL RITO
Ante más de 18 mil personas de toda la Diócesis, comenzó la celebración. Mientras que algunos ayudantes de las parroquias repartían globos blancos, los sacerdotes santificaban y preparaban las lecturas.
Primero, el capítulo cuarto del libro de Malaquías, advirtiendo del destino que depara a quienes rechazan la justicia y ensalzan la maldad, la corrupción, el vicio.
“Palabra de Dios”, pronunció el lector. “Te alabamos, Señor”, coreó el estadio Marte R. Gómez.
Después, de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses, capítulo tercero. No habrá justicia sin trabajo arduo, ni trabajo en la holgura, ni paz en la complacencia y la insensibilidad.
“Te alabamos, Señor”, se escuchó de la voz de los miles de católicos en el lugar.
Y por último, en la lectura del evangelio, el capítulo 21 de San Lucas, cuyas palabras hicieron estremecer a los presentes: “Estas cosas que veis, días vendrán que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”.
Un silencio se apoderó de las gradas del Estadio Marte R. Gómez; incluso el sol se ocultó tras las nubes ante la advertencia hecha dos milenios atrás sobre los tiempos de tumulto que habrían de venir.
Tomó, tras la lectura, el micrófono Antonio González, obispo de la Diócesis, y pronunció su sermón. Sus primeras palabras fueron dedicadas a Carlos Ornelas, un hermano perdido entre el fuego cruzado de un conflicto que parece no tener fin.
Enérgico como es, el Obispo se dirigió a los fieles, recordándoles que “aunque se cierra el año jubilar, la misericordia debe permanecer viva en todos nosotros”.
“Esta celebración es para recordar el amor del Padre y la infinita bondad de su hijo Jesús, para llevarla todos los días y construir con ella la paz que tanto nos hace falta”, proclamó.
En su exhorto, recordó la parábola del Siervo Ingrato, la cual relató ante los fieles católicos. Y tras el relato, aseveró: “No reciban el perdón y luego condenen a quienes deben perdonar. Al contrario, multipliquen los dones que reciben a través de la misericordia.”
Empezó entonces, casi a las 11:20 horas, el rito de la transmutación del vino y el pan en el cuerpo y la sangre de Cristo, al mismo tiempo que el Obispo exhortó a quienes se daban el saludo de paz a no sólo estrechar sus manos, sino a abrazarse unos a otros, como hermanos.
“Este es el Cordero que quita el pecado”, pronunció el Obispo al momento en que alzaba el pan. “Dichosos los invitados a participar de este banquete”.
“Señor”, coreó el estadio Marte R. Gómez, repleto de católicos, “yo no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Así, tras alimentar el alma en una Misa que duró dos horas, se acabó la ceremonia que cerraría el Año Jubilar Extraordinario. Poco a poco, casi a las 12:00 del día, se entregaron a centenares de niños y niñas globos blancos.
Llegado el momento, cada parroquia fue presentándose y dejando ir sus globos, como rezos en forma corpórea, hacia el cielo, en medio de
los aplausos y el júbilo de los presentes.
Y esa fue la mañana del domingo 13 de noviembre, en la que se cerró el Año de la Misericordia proclamado por el Papa Francisco, dejando abiertos los corazones de la humanidad a una nueva esperanza. Inclusive el cielo, todavía gris, se sintió un poco más tibio.






