El teléfono celular terminó conquistando un espacio que nadie formalmente le concedió dentro de las escuelas; hoy prácticamente comparte el pupitre con cada estudiante.
El dato revelado por Miguel Ángel Valdés García, Secretario de Educación, resulta contundente: 92 por ciento de los alumnos de educación básica utiliza celulares o tabletas.
Estamos hablando prácticamente de nueve entre cada diez estudiantes está frente a una pantalla dentro del entorno escolar. Suficiente para reconocer que existe un problema serio.
Una cosa es utilizar la tecnología como herramienta educativa y otra completamente distinta permitir que termine disputándole diariamente la atención al maestro dentro del aula.
Precisamente ahí comienza una discusión que interesa al Gobierno Federal y que ahora la Secretaría de Educación de Tamaulipas decidió llevar abiertamente al debate público.
La SET, encabezada por Valdés García, realizará un foro estatal para responder una pregunta inevitable: ¿llegó finalmente la hora de “colgar” los teléfonos celulares?
No necesariamente significa prohibirlos definitivamente. El debate consiste en determinar cuándo ayudan, cuándo distraen y hasta dónde deberá permitirse utilizarlos durante las actividades escolares cotidianas.
El asunto tampoco resulta menor para Claudia Sheinbaum. Desde el Gobierno Federal existe interés por construir una política capaz de regular las pantallas en escuelas.
La instrucción presidencial, explicó Valdés García, consiste en escuchar primero, construir consensos y evitar decisiones apresuradas antes de establecer restricciones que impactarán directamente sobre millones de estudiantes.
Tamaulipas realizará entre el 2 y 3 de septiembre un foro donde autoridades, maestros y padres discutirán qué hacer finalmente con esos dispositivos móviles escolares.
Será particularmente importante escuchar a los padres, porque cualquier intento por retirar celulares encontrará inmediatamente una pregunta familiar: ¿cómo podremos comunicarnos entonces con nuestros hijos?
Es una preocupación entendible, pero tampoco debería convertirse en argumento suficiente para mantener permanentemente conectado al estudiante mientras debería concentrarse exclusivamente en aprender dentro del aula.
La discusión tendrá que superar además la salida fácil de prohibir. Un teléfono apagado elimina temporalmente distracciones, pero no necesariamente construye mejores hábitos digitales responsables.
Ahí aparece probablemente el verdadero desafío educativo: enseñar correctamente una herramienta que llegó para quedarse, evitando que termine controlando diariamente la conducta de nuestros estudiantes.
Valdés García pretende repetir la fórmula aplicada con Vida Saludable Niño Feliz: conseguir primero que madres y padres acompañen, comprendan y finalmente respalden cualquier medida adoptada.
Funcionó para retirar alimentos considerados chatarra de los planteles. Ahora Educación espera que sean las propias familias quienes soliciten ayuda para regular teléfonos y pantallas.
La diferencia resulta enorme: fue relativamente sencillo sacar determinados productos de las cooperativas; quitar temporalmente el celular a los adolescentes representa una batalla cultural completamente diferente.
Además, esos aparatos dejaron hace mucho de servir exclusivamente para llamar: concentran redes sociales, videojuegos, mensajería, videos, entretenimiento y distracciones disponibles durante prácticamente todo el día.
Por eso, ese 92 por ciento debería encender algo más que pantallas: tendría que activar las alertas sobre aquello que está ocurriendo diariamente dentro de nuestras aulas.
Todavía no existe prohibición, pero Federación y Tamaulipas lanzaron la señal: quieren comenzar a “colgar” celulares. Ahora falta saber quién estará dispuesto realmente a soltarlos.





