En el 2006, durante el mes de abril, las encuestas tenían en el cielo a López Obrador. Estaba muy por encima de Calderón y de Madrazo.
Era, quizás, el mejor momento de Andrés Manuel. Además estaba más joven y, al menos en esos días, hilaba cuatro palabras seguidas y se entendía mejor lo que señalaba.
El presidente Fox estaba en lo más bajo de su popularidad, aunque no estaba tan mal como ahora se encuentra Peña Nieto.
No obstante, la mayoría de los gobernadores, estaban en su mejor momento y tenían el sartén por el mango en muchos de los casos.
Las cosas no son tan distintas como hace 12 años.
En 2012, en el mes de abril, Peña Nieto había tenido un bajón bastante considerable por su dislate aquel en la Feria del Libro, en donde no pudo contestar sobre sus tres obras que le cambiaron la vida y AMLO lo llegó a superar por tres puntos.
Hace dos años, también dos meses y medio antes de la elección en la que los tamaulipecos eligieron a quien sería su Gobernador, el candidato que abanderaba el PRI estaba ocho puntos arriba del segundo lugar que postulaba Acción Nacional.
En la elección local, es decir, para decidir quién sería el alcalde de Victoria, había un empate técnico entre PRI, PAN y un “independiente” a una semana de haber iniciado la campaña.
En Veracruz hace dos años, iba arriba en las encuestas el candidato que mandaba el tricolor, incluso 15 puntos arriba sobre el abanderado del PAN, a pesar de que eran parientes y se apellidan igual.
En Tamaulipas, incluso, una semana antes de la jornada electoral, la mayor parte de los sondeos serios y con credibilidad daban por ganador a un tal Baltazar Hinojosa.
Es más, el día de la elección, muchas de las más prestigiadas empresas encuestadoras decidieron no publicar los resultados, porque los números eran muy parejos y no podían dar a conocer un ganador.
Y así podríamos poner varios ejemplos.
Esto quiere decir que ninguna encuesta nos puede dar la certeza de dar a conocer a un ganador absoluto.
Los métodos, las preguntas y una serie de estrategias que determinan ese tipo de empresas, pueden cambiar de un día para otro. Los números pueden variar.
Si mañana el candidato del PAN se resbala con una cáscara de plátano y en ese momento le preguntan a la gente por quién votaría, quizás le diga que por Anaya y las cifras van a cambiar, porque los mexicanos siempre vamos con las víctimas.
Si siguen golpeando a López, como buenos patriotas que siempre estamos con el más débil, le van a dar la preferencia al candidato de Morena, insisto, porque así somos los mexicanos.
Pero si entonces AMLO dice alguna tarugada y la víctima es otro, la gente va a preferir a ese otro aspirante presidencial.
Las cosas, insisto, cambian de un día para otro y no podemos dejarnos llevar por una encuesta que se publique hoy. Pero sobre todo, no podemos señalar a un absoluto ganador sólo por los números de una empresa que, quizás, haya sido pagada por el que salió ganador en ella.
Dime quien gana la encuesta y te diré quién la pagó.
Aunado a ello, hay muchos, pero muchos indecisos. Hoy en día, ese dato es el que debe llamarles más la atención a los candidatos y a sus equipos de campaña.
A la hora de estar frente a la boleta en la urna electoral es cuando se decidirán muchos de los votantes (me incluyo en ese grupo).
Al final ya sabemos la historia de 2006, 2012 y 2016. La decisión no está dicha aún. Quedan dos meses y medio de campaña y faltan todavía muchas cosas por pasar.
En Cinco Palabras: Ningún candidato representa el cambio.
PUNTO FINAL.- El rumor es una técnica altamente efectiva de todo proceso electoral. Sobre todo cuando hay ingenuos que lo creen y lo comparten sin cuestionarlo.
Twitter: @Mauri_Zapata





