Por: José Ángel Solorio-Medardo Treviño
La boda de mi Borrado y Rocío, todavía se recuerda en la colonia agrícola. Desde las tres de la tarde de un viernes, hasta un lunes por la mañana. Habría seguido quién sabe hasta cuándo, pero se suspendió porque unos borrachos de un ejido vecino se agarraron a balazos por una bailadora; la policía llegó y ordenó acabar la fiesta.
Ordené echarle unas paladas de tierra a la sangre de los ingratos, y apuré mi Carta Blanca.
Los recién casados, aprovecharon el güato para irse de luna de miel a la Isla del Padre.
Yo muy contento, –a pesar de la desgracia– despedí a todos los invitados y me quedé a seguirle con los padrinos de mijo que andaban igual, o más que yo, de alborotados por el casorio de mi güerco.
–¡Nunca se había visto un vestido de novia, tan hermoso!–dijo mi vieja viendo a su nuera como blanca paloma, con sus manos aletear con la falda de tul, saludando a sus invitados.
–¡Estuvo con madre la boda! Hubo una balacera y dos pleitos a madrazos–contaron los asistentes hasta varios meses después del pachangón.
“He escuchado esas historias”, dijo el doctor con un alegre brillo en sus ojos desde la mecedora.
A mi vieja se le acabaron en esos tres días de festejo, los suspiros del pecho.
La mera verdad, doctor: nunca había visto tan feliz, pero tan feliz, a mi mujer.
Mi esposa y yo, habíamos acordado como regalo de bodas, comprarles una casa en Monterrey. Al chás chás, entregamos los cinco millones de pesos. Bonita casa, en San Pedro: cuatro recámaras, jardines preciosos y una alberca azul que resaltaba sobre el verde esmeralda de la yarda.
Habían durado dos años y medio de novios. Ese tiempo, Rocío fue amable y educada. El Borrado, se veía muy enamorado; babeaba, cuando la escuchaba platicar con nosotros en el porche de la casa. Ella, igual: se le ponía la mirada de ternera cuando él le ofrecía café o té en la merienda.
Mis consuegros, no pudieron asistir a la boda.
Mandaron regalos y dijeron en voz de su hija, que desde un años atrás habían planeado un viaje a París. Mi consuegra, había sido la más renuente a suspender la visita a Europa. Y ni modo: onde manda capitán, no gobierna marinero.
–Discúlpanos con tu suegro hijita. Dile que regresando celebramos en familia–nos dijo mi nuera.
Al regreso de la Luna de Miel, mi nuera empezó a cambiar. Con nosotros, no con el Borrado. Sentimos como que se quería distanciar de mi vieja y de mí. Las visitas se fueron alargando; primero, venían a vernos cada dos semanas, luego se ensanchó a cada mes y finalmente, llegaban al rancho cada que “el trabajo de Rocío” se lo permitía.
Un día mi nuera, le rompió el corazón a mi vieja.
–¿Porqué Neto?–cuestionó mientras movía el arroz con un cuchara de palo.
A mí también me pegó en la entrepierna: Rocío, se quedó en el carro y no bajó a saludarnos. Por dos horas mi Julián, estuvo charlando en la sala con nosotros mientras que ella, escuchaba el radio en el coche, bajo el ébano donde creció el Borrado.
–Ha de ser porque está embarazada apá. Anda muy sensible. Al rato se le pasa–dijo a modo de explicación mijo.
A mi esposa, no le convenció del todo lo dicho por mi Julián.
Pa ser honesto, doctor, ni a mí.
La madrugada que nació mi primer nieto, mi vieja y yo, sentimos otro madrazo. Luego de conocer, al niño, mijo nos dijo:
–Apá, Amá: ya les tengo el hotel onde se van a quedar. Dice Rocío que no es recomendable que metamos gente onde va a estar Junior.
Mi mujer, nomás bajó la cabeza.
Al otro día, mi Borrado llegó al hotel pa acompañarnos a almorzar.
Al final, expuso –según mi esposa– el verdadero motivo de su visita:
–Apá, quiero que me preste un millón de pesos.
Dije:
–Sí Julián. Lo que necesites. Todo sea pa tu güerco.
–No Apá. No es pal niño.
Mi vieja le lanzó una mirada de sorpresa.
Julián, mandó otro guadañazo:
–Es pa Rocío Amá. Se va a hacer una lipoescultura.





