Hace casi 30 años, (cinco sexenios), ciudad Victoria estaba en el top ten de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros, eran atractivos turísticos y comerciales que estaban saturados de gringos que dejaban millones de dólares anuales en Tamaulipas. Laredo, McAllen y Brownsville, eran pequeñas ciudades fantasma del sur de Texas que aspiraban a competir con sus vecinos del lado mexicano.
Mante, era el corazón de la zona cañera que movía la economía de la huasteca potosina (cuidad Valles y ciudad de Maíz). Tampico, Madero y Altamira eran una locomotora de desarrollo que abría sus brazos a migrantes del sureste del país que veían a la región petrolera como la tierra prometida donde había trabajo, dinero y oportunidades.
Tamaulipas, por su privilegiada ubicación geográfica, con 300 kilómetros de frontera con Texas y el país más rico y poderoso del mundo; 17 cruces fronterizos que convertían al Estado en la aduana del Continente; con más de 400 kilómetros de mar, y con dos puertos marítimos (Altamira y Matamoros) que eran puntos de referencia del comercio mundial.
Políticamente era dominado por cacicazgos obreros: Pedro Pérez Ibarra (Nuevo Laredo); Reynaldo Garza Cantú (Reynosa); Agapito González (Matamoros); Luis Quintero Guzmán (Ciudad Victoria); Ignacio de la Llave (Mante); Diego Navarro (Tampico) y Joaquin Hernandez Galicia, La Quina en Ciudad Madero.
Los gobernadores no tenían el poder absoluto porque estaban obligados a negociar y ceder posiciones con los grupos de poder regionales. Los equilibrios y contrapesos permitían cierta armonía política que obligaba a los gobiernos a escuchar y a no perder la sensibilidad hacia los gobernados.
Los líderes de la delincuencia organizada, plenamente identificados en las ciudades, tenían códigos que respetaban, porque si no lo hacían, el Estado los encarcelaba o los desaparecía.
Heriberto Batres, secretario general de gobierno en el sexenio de Américo Villarreal Guerra, un día recibió la visita inesperada de Juan García Abrego; pedía que le pagaran su cuota de poder (Comandancias de Policía) por haber apoyado al PRI en las elecciones. Bastó una llamada del funcionario a Guillermo González Calderoni, entonces temido jefe de la Policía Federal, para que sometiera al poderoso narcotraficante. Eran tiempos cuando el poder del Estado se ejercía, incluso sobre los más feroces hombres del crimen.
Pero los escenarios cambiaron en Tamaulipas cuando llegaron al poder gobiernos nacidos y formados en la tecnocracia y en la política lumpen. Influyó también la alternancia partidista en el poder presidencial. Con Vicente Fox y Felipe Calderón, los gobierno estatales se sublevaron y acumularon un poder inimaginable; estas complicidades dieron origen a la llamada mafia del poder prianista. En ese contexto, las mafias delictivas también sufrieron una metamorfosis que les permitió convivir y cohabitar con el poder político; en algunos casos hasta se apropiaron de alcaldías e importantes posiciones
Manuel Cavazos Lerma, está considerado como el gobernador que le abrió la puerta al narco, a la vida política. Tomás Yarrington compartió su poder con las bandas. Eugenio Hernández fue omiso; Egidio Torre dejó hacer y dejó pasar, gobernando además con rencor hacia una clase política a la que culpó de la muerte de su hermano Rodolfo (Torre Cantú). Hasta llegar al momento actual, donde el gobernador enfrenta un proceso de desafuero, provocando una crisis de gobierno que impacta, sacude y paraliza a la sociedad tamaulipeca que pide a gritos un alto a esta descomposición en los mandos de gobierno.
Tamaulipas no es Sinaloa, ni Michoacán, ni Jalisco, ni Guanajuato, ni Guerrero, Estados donde la violencia y la inseguridad son problemas añejos: Aquí existe una circunstancia y un karma negativo, motivado y creado por sus últimos gobernantes convertidos en lastres sociales.
La sociedad tamaulipeca necesita en el poder, mejores hombres y mejores mujeres.
Falta seguridad, falta empleo, falta inversión, falta infraestructura, servicios de calidad; pero urge algo mas que eso: un gobierno con valores.






