Cada año, como si se tratara de un ritual sagrado, miles de paisanos cruzan la frontera norte en caravanas interminables para reencontrarse con sus familias. Lo hacen en dos grandes oleadas: en diciembre, para celebrar las fiestas navideñas, y en julio, para aprovechar el verano. Han sido décadas de una tradición que se repite con puntualidad conmovedora.
Pero este año, algo podría romper ese ciclo. Algo que no tiene que ver con el calor o el precio de la gasolina. Algo más profundo, más inquietante: el miedo.
La política migratoria de Estados Unidos, endurecida por Donald Trump, ha alcanzado niveles que rayan en la persecución sistemática. No importa si el migrante es mexicano, guatemalteco o venezolano. Hoy, quien no tenga sus papeles en regla vive escondido, con el alma en vilo.
La narrativa oficial en ese país ha criminalizado al migrante. Se le persigue, se le humilla, se le encierra. Y lo más grave: se le deporta con una eficiencia mecánica, casi industrial.
En los últimos meses, se han intensificado las redadas en lugares de trabajo, escuelas, iglesias e incluso hospitales. Nadie se siente a salvo. El mensaje es claro: “si estás aquí sin documentos, estás en riesgo”.
Ante este panorama, cabe preguntarse con preocupación: ¿veremos este verano a los paisanos volver a casa? ¿Escucharemos el rugir de los motores y los cláxones de las camionetas con placas texanas entrando por los puentes internacionales? ¿Se llenarán las casas en los ejidos y las colonias con las carcajadas de los que regresan por unos días?
La duda es legítima. Porque incluso aquellos que ya tienen un estatus legal —ya sea residencia temporal, permanente o incluso doble nacionalidad— temen ser víctimas colaterales de una política migratoria despiadada.
Muchos de los que tradicionalmente regresan a México en julio trabajan en los campos, en la construcción, en los restaurantes. Algunos aún están en proceso de regularización migratoria. Para ellos, moverse, exponerse, significa ponerse en la mira.
Hay casos documentados de paisanos que fueron detenidos al salir de su condado, simplemente por no portar consigo todos los documentos migratorios. Otros fueron interceptados en retenes montados estratégicamente por la migra en carreteras interestatales. ¿Quién se arriesgaría?
Por eso, en las comunidades de origen, donde se les espera con nostalgia y alegría, se siente un aire distinto. Un presentimiento. Un silencio que no debería estar ahí.
Porque para muchas familias mexicanas, el regreso del paisano no es solo una visita: es una reafirmación de identidad, un bálsamo para la ausencia, una bocanada de esperanza en medio de las carencias.
Y este año, esa esperanza podría no llegar.
Quizá las calles no se llenen de niños estrenando ropa americana. Tal vez no haya tamales, ni carne asada, ni fiestas en grande para celebrar su regreso. Quizá solo haya ausencia.
La política migratoria de Estados Unidos, hoy más que nunca, tiene rostro de amenaza. Y los paisanos, nuestros hermanos que han levantado ese país con sus manos, son sus primeras víctimas.
México debería alzar la voz, defenderlos, protegerlos. No con discursos huecos, sino con acciones reales. Porque si no lo hace, el país seguirá siendo solo un lugar al que se vuelve con miedo.
Y si este julio no vuelven, que no nos extrañe. Les hemos fallado todos.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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