México tiene niños que apenas entienden lo que leen, adolescentes que batallan para hacer una división sencilla y escuelas públicas donde todavía hay alumnos tomando clases entre goteras, abanicos descompuestos y baños que parecen abandonados desde hace décadas.
Pese a eso, al secretario de Educación, Mario Delgado, se le ocurrió que quizá lo que le sobra al país son días de clases.
Así, tal cual.
Porque cuando uno cree que la burocracia mexicana ya llegó al límite de las ocurrencias, siempre aparece alguien dispuesto a demostrar que todavía se puede caer un poco más abajo.
Ahora resulta que un país atorado en el rezago educativo necesita menos escuela.
Como si México fuera Finlandia. O Corea del Sur.
O cualquiera de esos países donde los estudiantes salen hablando idiomas, dominando tecnología y entendiendo matemáticas desde muy jóvenes.
Pero no. Aquí hablamos de muchachos que llegan a preparatoria sin comprensión lectora suficiente, de universitarios que escriben con enormes deficiencias y de generaciones enteras que crecieron en un sistema educativo que desde hace mucho dejó de exigir.
Y quizá ahí está la raíz de todo. México no corrigió su desastre educativo.
Simplemente aprendió a esconderlo.
Quitaron evaluaciones incómodas. Desaparecieron mediciones. Le bajaron a la exigencia.
Maquillaron cifras.
Porque en este país ya no se combate el fracaso.
Se administra.
Por eso la idea de reducir el calendario escolar no parece un accidente aislado.
Parece la consecuencia lógica de un sistema que se acostumbró a conformarse con muy poco.
Noventa días efectivos de clases.
¡Noventa!
Prácticamente un largo periodo vacacional con algunos espacios intermedios para intentar enseñar algo.
Y entonces apareció el argumento que terminó de convertir todo en caricatura: el Mundial de fútbol.
Sí. El Mundial. La educación nacional acomodándose al calendario futbolero.
Ya nada más falta que en secundaria cambien geometría por análisis de tiros de esquina y posesión de balón.
Mario Delgado también quiso justificar la propuesta con las altas temperaturas.
Y claro que el calor existe.
Aquí, en Tamaulipas, lo conocemos perfectamente.
Hay salones donde a las dos de la tarde los niños parecen derretirse sobre el pupitre.
Pero entonces surge una pregunta bastante simple:
¿El problema son las clases… o el abandono de las escuelas?
Porque el gobierno nunca tuvo demasiada prisa por arreglarlas.
Durante años miles de alumnos han tomado clases en aulas sin clima, sin ventilación adecuada y con instalaciones eléctricas que apenas sobreviven.
Pero ahora descubrieron que hace calor.
Qué conveniente.
Porque suspender clases siempre será mucho más barato que invertir en infraestructura.
Instalar minisplits cuesta.
Rehabilitar escuelas cuesta.
Modernizar instalaciones cuesta.
Cerrar planteles, en cambio, apenas requiere una conferencia, un boletín y alguna frase bonita sobre el bienestar infantil.
La salida perfecta para gobiernos especialistas en patear problemas.
Lo verdaderamente preocupante no es solo la propuesta.
Es lo que revela. Una visión donde la educación dejó de ser prioridad. Donde exigir parece políticamente incorrecto. Donde evaluar incomoda porque exhibe demasiadas miserias.
Por eso hoy tenemos jóvenes con certificados… pero sin herramientas reales para competir.
Porque una cosa es repartir diplomas. Y otra muy distinta formar ciudadanos preparados.
Mientras otros países están concentrados en inteligencia artificial, programación, robótica y desarrollo científico, aquí seguimos discutiendo si damos menos clases porque viene el Mundial y porque hace calor.
Es absurdo. Y luego todavía preguntan por qué México no avanza.
La presidenta ya salió a enfriar el tema y todo indica que terminarán reculando.
Seguramente vendrá la clásica maroma burocrática para explicar que en realidad no quisieron decir lo que sí dijeron.
Pero el simple hecho de haberlo planteado ya resulta gravísimo.
Porque significa que hubo funcionarios convencidos de que reducir clases era una medida moderna y progresista.
Y eso explica muchas cosas. Explica por qué tantos muchachos llegan a universidad sin saber redactar correctamente.
Explica por qué las empresas batallan cada vez más para encontrar perfiles capacitados.
Explica por qué el país se acostumbró a vivir en la mediocridad educativa sin escandalizarse demasiado.
Aquí se suspenden clases por lluvia.Por calor. Por marchas. Por juntas sindicales. Por falta de agua. Por cualquier cosa.
Y así, poquito a poquito, el tiempo escolar se fue haciendo pedazos.
Luego vienen las pruebas internacionales y México aparece hundido en matemáticas, lectura y ciencias.
Entonces el gobierno se molesta.
Pero no por los malos resultados.
Se molesta porque alguien los publica.
La tragedia nacional no es solamente la violencia.
Ni la corrupción. Ni siquiera la pobreza.
La verdadera tragedia es que dejamos de creer en la educación como la única herramienta capaz de cambiarle la vida a un país.
Porque un pueblo mal educado siempre será más manipulable, más dependiente y más resignado.
Y quizá por eso a algunos les incomoda tanto hablar de disciplina, esfuerzo y pensamiento crítico.
México no necesita menos clases. Necesita volver a tomarse la educación en serio.
Aunque, viendo ciertas decisiones, a veces pareciera que eso también ya quedó fuera del programa oficial.
EL RESTO.
LAS CANDIDATAS DEL PAN.- Abogados expertos en derecho electoral aseguran que tanto Gloria Garza Jiménez como Omeheira López Reyna estarían impedidas para presidir el Comité Directivo Estatal del PAN en Tamaulipas.
Su condición de exmagistradas del Poder Judicial podría convertirse en un obstáculo legal para ocupar el cargo partidista.
Según los especialistas, una eventual postulación abriría la puerta a impugnaciones ante tribunales electorales.
Eso dicen.
Y en el PAN harían bien en ir revisando el tema antes de que les explote en plena contienda interna.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
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