La tragedia ocurrida en Playa La Pesca, donde un menor perdió la vida tras ser atropellado por un raecer presuntamente conducido también por otro menor, volvió a exhibir el rostro más crudo de la improvisación turística en Tamaulipas.
El problema ya no es solamente un accidente aislado. El problema es que las playas del estado comienzan a cargar una peligrosa cadena de hechos mortales que evidencian ausencia de autoridad, descontrol y una absoluta incapacidad institucional para prevenir riesgos.
Mientras el gobierno presume cifras de visitantes y ocupación hotelera, en las playas tamaulipecas crece otra estadística: la de familias golpeadas por accidentes, atropellamientos y hechos fatales que pudieron evitarse con reglas claras y vigilancia efectiva.
La Secretaría de Turismo estatal, encabezada por Benjamín Hernández Rodríguez, parece vivir desconectada de la realidad que enfrentan miles de visitantes durante cada temporada vacacional.
Porque una cosa es promover destinos turísticos y otra muy distinta asumir la responsabilidad de ordenar, regular y garantizar condiciones mínimas de seguridad para quienes llegan a disfrutar las playas de Tamaulipas.
Lo ocurrido en Soto La Marina no solamente exhibe fallas del ayuntamiento que encabeza la alcaldesa local. También revela una alarmante ausencia de coordinación estatal para supervisar actividades que claramente representan riesgos para turistas y familias.
En Playa La Pesca circulan racers, cuatrimotos y vehículos motorizados prácticamente sin control visible, mientras comerciantes improvisados cobran cantidades excesivas por toldos y espacios sin reglas transparentes ni ordenamientos claros conocidos públicamente.
La pregunta entonces es inevitable: ¿quién regula realmente lo que ocurre en las playas de Tamaulipas? Porque hasta ahora nadie parece asumir la responsabilidad completa de lo que ahí sucede.
No existe claridad sobre permisos, concesiones, autorizaciones municipales o mecanismos estatales de supervisión para la renta de vehículos motorizados que recorren zonas llenas de niños, familias y turistas durante temporadas vacacionales.
Y cuando ocurre una tragedia, como la muerte del menor en La Pesca, aparece el vacío institucional, el silencio burocrático y la clásica cadena de deslindes entre autoridades municipales y estatales.
El turismo no puede sostenerse únicamente con campañas publicitarias, festivales o discursos optimistas. Un destino turístico también se construye con orden, vigilancia, prevención y reglas que realmente se hagan cumplir.
Hoy Tamaulipas tiene playas llenas, pero también playas cada vez más desordenadas, donde pareciera que cualquiera puede explotar negocios, circular vehículos peligrosos o improvisar servicios sin supervisión efectiva de autoridad alguna.
Y eso termina afectando no sólo la seguridad de las familias, sino también la imagen turística del estado, porque ningún destino puede consolidarse mientras la percepción de riesgo siga creciendo entre visitantes y ciudadanos.
El secretario de Turismo tendría que explicar públicamente qué operativos existen, quién supervisa las playas, bajo qué reglamentos operan estos negocios y qué coordinación real existe con municipios y cuerpos de seguridad.
Porque hasta ahora lo único visible es una Secretaría ausente frente a los problemas reales que están ocurriendo en los principales destinos turísticos del estado.
La muerte del menor en Playa La Pesca no puede quedar reducida a una nota roja más del periodo vacacional. Tendría que convertirse en un punto de quiebre para revisar completamente el modelo de operación turística en playas tamaulipecas.
Si Tamaulipas quiere consolidarse como potencia turística regional, primero necesita demostrar que puede ofrecer playas seguras, ordenadas y reguladas, donde las familias no terminen expuestas a tragedias perfectamente evitables.
Porque el verdadero fracaso no es que ocurran accidentes. El verdadero fracaso es que sigan ocurriendo mientras las autoridades aparentan no darse cuenta de lo que está pasando frente a sus propios ojos.





