Miguel Ángel Valdez García, decidió romper el protocolo. En lugar de celebrar solamente el regreso escolar, puso sobre la mesa una preocupación mucho más profunda.
Frente a estudiantes y maestros, el secretario planteó una pregunta que Tamaulipas deberá responder pronto: ¿quién terminará educando realmente a nuestros niños y jóvenes?
Porque mientras 606 mil 700 estudiantes regresaron a las aulas, existe otro maestro silencioso acompañándolos permanentemente: el teléfono celular conectado diariamente con millones de contenidos.
Valdez entendió que el desafío educativo dejó de limitarse solamente a conseguir maestros, mejorar escuelas o entregar libros. Ahora existe una batalla por la atención.
Y decidió nombrar al adversario: “No queremos que el imperio del algoritmo y de los datos nos rija a todos”, lanzó durante su discurso inaugural.
La frase puede parecer excesiva, pero abre una discusión necesaria. Los algoritmos ya seleccionan aquello que nuestros jóvenes miran, consumen, escuchan, comparten y eventualmente creen.
Ahí radica probablemente lo más interesante del mensaje: Valdez no rechazó la tecnología. Cuestionó entregar completamente a la tecnología decisiones que requieren criterio y responsabilidad humana.
Su advertencia sobre inteligencia artificial fue todavía más provocadora: sin regulación, sostuvo, la digitalización podría terminar conduciendo a las nuevas generaciones hacia formas distintas de esclavitud.
No habló, evidentemente, de cadenas físicas. Habló de dependencia, manipulación, pérdida de autonomía y sometimiento frente a herramientas capaces de condicionar comportamientos, preferencias y decisiones.
Precisamente por eso resulta novedoso escuchar este debate desde Educación. Mientras muchos todavía discuten cómo introducir inteligencia artificial, Valdez comenzó preguntando cómo debemos gobernarla responsablemente.
El secretario puso además otro problema sobre el escritorio: la “infodemia”. Una generación con acceso prácticamente ilimitado a información no necesariamente representa una generación mucho mejor informada.
Porque disponer de millones de contenidos tampoco garantiza conocimiento. Entre semejante ruido digital, distinguir evidencia, propaganda, entretenimiento, mentira y manipulación representa una nueva competencia educativa indispensable.
Valdez utilizó una expresión particularmente incómoda: “la estupidez ruidosa”. Con ella describió un ecosistema donde frecuentemente obtiene mayor recompensa aquello que provoca escándalo sobre conocimiento.
Una investigación científica puede pasar inadvertida mientras cualquier teoría conspirativa conquista millones de reproducciones. Ese desequilibrio explica buena parte del desafío que actualmente enfrenta la escuela.
Por eso su planteamiento adquiere mayor dimensión: la educación tendrá que enseñar matemáticas, español y ciencias, pero también formar estudiantes capaces de cuestionar aquello que consumen digitalmente.
Frente al poder del algoritmo, Valdez colocó el humanismo. Frente al individualismo digital, comunidad; frente a la recompensa inmediata, pensamiento crítico; frente al consumo, formación humana.
Ahí encuentra también espacio la Nueva Escuela Mexicana que defienden Claudia Sheinbaum y Américo Villarreal: formar ciudadanos antes que consumidores sometidos permanentemente por estímulos digitales externos.
Naturalmente, el discurso deberá convertirse en políticas públicas. Regular celulares, enseñar inteligencia artificial y desarrollar alfabetización digital exigirán mucho más que buenas intenciones desde un micrófono oficial.
Pero existe una diferencia importante entre administrar problemas cuando explotan y advertirlos anticipadamente. Valdez decidió colocar desde ahora la inteligencia artificial dentro de la agenda educativa tamaulipeca.
Quizá esa sea la verdadera discusión del nuevo ciclo: 33 mil 900 maestros frente a millones de algoritmos. Tamaulipas tendrá que decidir finalmente quién educará a sus alumnos, es decir, dar un primer paso para eliminar los celulares de las clases y encaminarse a estudiar las herramientas tecnológicas que no conquisten a los alumnos.






