Ciudad Victoria, Tamaulipas.— Dos lápices por alumno bastaron para colocar al diputado Claudio de Leija en el centro de críticas después de presumir su apoyo escolar en Ciudad Madero.
La escena buscaba proyectar cercanía con estudiantes de primaria, pero terminó provocando cuestionamientos por la dimensión del apoyo entregado frente a la representación política del legislador.
No hubo mochilas, cuadernos, colores ni paquetes escolares. El respaldo consistió únicamente en dos lápices de madera para cada menor beneficiado durante la visita del representante popular.
La fotografía hizo inevitable el contraste: De Leija apareció sonriente, rodeado de estudiantes, mientras mostraba una entrega que posteriormente sería cuestionada por usuarios de diferentes plataformas sociales.
Lo que probablemente pretendía convertirse en una postal de cercanía terminó alimentando comentarios, críticas y sarcasmos sobre la conveniencia de promocionar políticamente una aportación de semejante tamaño.
El lápiz, por supuesto, resulta necesario para cualquier estudiante. La discusión surgió porque dos unidades fueron presentadas públicamente como una acción de respaldo hacia la comunidad escolar.
En redes sociales comenzaron entonces las comparaciones. Usuarios cuestionaron si dos lápices justificaban desplegar una imagen política alrededor de una entrega cuyo costo individual resulta evidentemente reducido.
El contraste aumentó porque otros legisladores de Morena han realizado entregas de mochilas y paquetes con diversos útiles escolares dentro de los distritos donde desarrollan actividades de gestión social.
En Ciudad Madero, la aportación atribuida a De Leija resultó considerablemente más modesta: dos lápices, una visita a la primaria y fotografías para documentar públicamente aquella peculiar jornada.
Ahí apareció también la ironía alrededor de la denominada “austeridad franciscana”: pocas ocasiones una expresión política había encontrado una representación material tan sencilla, económica y fácil de transportar.
Simpatizantes del legislador defendieron la acción bajo el argumento de que “lo que cuenta es el detalle”, buscando restar importancia a las críticas generadas alrededor del apoyo escolar.
Y ciertamente nadie podría cuestionar la utilidad de dos lápices. La controversia está en otra parte: convertir una aportación mínima en escaparate para promover cercanía y trabajo político.
El episodio adquiere además otra dimensión por tratarse de un integrante del Congreso, cuyos legisladores disponen de remuneraciones y condiciones inherentes a las responsabilidades públicas correspondientes al cargo que desempeñan.
No se trata tampoco de exigir que un diputado sustituya las obligaciones gubernamentales en materia educativa ni que personalmente financie las necesidades materiales existentes dentro de las escuelas públicas.
El cuestionamiento es más sencillo: si solamente existen dos lápices para entregar, ¿resulta necesario convertirlos en una acción política susceptible de presumirse públicamente frente a estudiantes y familias?
La fotografía terminó respondiendo involuntariamente. Mientras el apoyo cabía prácticamente en una mano, la promoción alrededor de la entrega consiguió dimensiones suficientes para trasladar el episodio hasta las redes sociales.
De Leija pudo entregar los lápices discretamente y probablemente nadie habría cuestionado el gesto. Al exhibirlos como respaldo educativo, abrió inevitablemente la puerta hacia comparaciones menos favorables.
Porque una cosa es entregar dos lápices como atención personal y otra presentarlos bajo los reflectores de una representación popular que naturalmente eleva las expectativas de los ciudadanos.
La escena tampoco requiere demasiados adjetivos: un diputado, estudiantes de primaria, dos lápices por alumno y una fotografía sonriente proporcionan suficientes elementos para que cada ciudadano formule su conclusión.





