Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Hace aproximadamente dos años, cuando todavía cursaba el bachillerato, representantes de la Universidad de Seguridad y Justicia de Tamaulipas acudieron a mi escuela para presentar su oferta académica.
Desde aquel momento, algo me llamó particularmente la atención.
“Llegué con vocación de servir, pero encontré una universidad que no era la que imaginaba@; Historia narrada por un alumno de la Universidad de Seguridad y Justicia de Tamaulipas.
Me interesaron sus carreras, su imagen y, sobre todo, la percepción que yo tenía de la Universidad como una institución dedicada a preparar a quienes algún día tendríamos la responsabilidad de servir y proteger a la sociedad tamaulipeca.
No era una decisión cualquiera para mí.
Soy hijo de padres involucrados en el ambiente policial. Crecí viendo de cerca esta profesión, sus sacrificios, sus responsabilidades y también su vocación de servicio. Los valores que hoy tengo no los aprendí únicamente en un salón de clases: los he visto y vivido todos los días en mi propia casa.
Por eso, cuando llegó el momento de elegir una carrera, decidí apostar por esta Universidad.
Llegué emocionado. Llegué con expectativas. Llegué con vocación.
Pero también llegué pensando que encontraría una institución a la altura de la responsabilidad que implica formar a los futuros integrantes de las corporaciones de seguridad y procuración de justicia de Tamaulipas.
Y, después de mis primeros días como alumno de nuevo ingreso, debo reconocer que estoy decepcionado.

De siete clases programadas en el horario, solamente tenemos dos. Es una falta de seriedad y perdida de tiempo.
Una de las primeras situaciones que llamó nuestra atención como estudiantes fue la diferencia entre lo que esperábamos recibir y lo que estamos viviendo.
De acuerdo con nuestro horario, deberíamos tener alrededor de seis clases diarias. Sin embargo, durante los primeros días del nuevo ciclo escolar, en la práctica hemos tenido solamente dos.
Para quienes acabamos de ingresar, esto genera incertidumbre.
Uno llega con ganas de aprender, de prepararse, de aprovechar cada hora dentro de la institución. Pero cuando las clases no se llevan a cabo como estaban previstas, comienza inevitablemente la pregunta: ¿realmente estamos recibiendo la educación que necesitamos?
Y el problema no termina ahí.
También hemos encontrado docentes que, desde nuestra percepción como alumnos, no cuentan con las herramientas pedagógicas necesarias para enseñar, motivar y transmitir los conocimientos que requiere una institución especializada en seguridad y justicia.
No cuestionamos que algunos tengan experiencia profesional. Lo que cuestionamos es la capacidad de convertir esa experiencia en enseñanza.
Porque saber hacer algo y saber enseñarlo son dos cosas diferentes.
“Yo también estoy decepcionado”
Hubo una clase que particularmente me hizo reflexionar.
Uno de nuestros maestros nos habló sobre su experiencia dentro del ámbito policial. Nos comentó que llevaba más de 20 años en la actividad y que conocía otras instituciones, cursos y procesos de formación relacionados con la seguridad.
Entonces nos preguntó algo que nos dejó pensando:
¿Qué? ¿Están asombrados de la Universidad? ¿O más bien decepcionados? Créanme, yo también. No era lo que me esperaba”.
Para nosotros, escuchar eso de un profesor fue desconcertante.
Esperábamos que nuestros maestros fueran precisamente quienes nos ayudaran a recuperar el entusiasmo cuando algo no saliera como esperábamos.
En cambio, escuchar de uno de ellos que la institución tampoco era lo que él esperaba nos hizo preguntarnos qué estaba ocurriendo.
Incluso llegó a expresar, desde su experiencia personal, que la institución dejaba mucho que desear frente a lo que debería representar una universidad especializada en seguridad y justicia.
Son comentarios que, independientemente de quién los haga, deberían provocar una reflexión dentro de la propia institución.
No somos los alumnos, ni los maestros, somos parte de una larga cadena.
No hay maestros actualmente, porque no les interesa ya dar clases aquí en la Universidad.
También existe un problema que no puede ignorarse: la falta de identidad, liderazgo y sentido de pertenencia.
Somos alumnos de nuevo ingreso y, hasta ahora, prácticamente no conocemos al rector de nuestra institución.
Pero tampoco sentimos que él nos conozca a nosotros, es más, ni le interesa conocernos.
Y eso resulta extraño en una Universidad que pretende formar personas cuya principal característica debería ser precisamente el compromiso, la disciplina y el sentido de pertenencia.
En los pasillos se percibe desánimo. También hemos observado ciertas conductas de indisciplina y una pérdida de entusiasmo entre algunos compañeros y compañeras. Yo recuerdo a mis padres orgullosos de portar el uniforme.
Y es difícil pedir motivación cuando el propio sistema de formación no parece estar motivando a quienes acabamos de llegar.
No creo que el problema seamos nosotros.
Los alumnos somos solamente el último eslabón de una cadena.
Si algo no funciona desde los niveles superiores, termina reflejándose en las aulas, en los docentes y finalmente en los estudiantes.
A todo esto se suman situaciones que, desde nuestra perspectiva como estudiantes, también afectan la experiencia universitaria.
Hemos tenido dificultades relacionadas con el servicio de comedor, el cual nos habían comentado que tendríamos acceso y pues la realidad es que no, palabras textuales del señor Lumbreras en una ceremonia de honores en tono grosero y burlón nos dijo que nosotros como alumnos no tendríamos ya derecho y acceso al servicio de comedor, que nuestro pago de inscripción no ameritaba ese gasto para la universidad, que nosotros solo con café y galletitas teníamos.
Esos son los valore de respeto y humanismo que caracterizan a esta administración.
Son cuestiones que podrían parecer menores frente a los grandes retos de la seguridad pública.
Pero no lo son cuando forman parte de la experiencia diaria de quienes estamos comenzando nuestra preparación profesional.
Una Universidad de Seguridad y Justicia debería transmitir desde el primer día orden, disciplina, profesionalismo, preparación y sentido de servicio, pero sobre todo Respeto.
Eso es precisamente lo que muchos de nosotros esperábamos encontrar.
A pesar de todo, hay algo que no ha cambiado.
Mi vocación.
Yo sigo creyendo en la profesión que elegí.
Sigo sintiendo orgullo por ser hijo de policías.
Sigo creyendo que servir a Tamaulipas es una responsabilidad que vale la pena asumir.
Precisamente por eso me atrevo a contar lo que estoy viviendo.
No lo hago para destruir a la institución. Lo hago porque quiero que sea mejor.
No quiero que mi generación salga de la Universidad solamente con un título.
Quiero que salgamos preparados.
Quiero que nuestros maestros nos exijan, pero que también sepan enseñarnos.
Quiero que nuestros directivos nos conozcan y sepan quiénes somos.
Quiero que exista disciplina, pero también liderazgo.
Un liderazgo que no nos catalogue como futuros policías de centro comercial, tal y como nos define el rector Lumbreras.
Quiero sentir que pertenezco a una institución que está formando a los hombres y mujeres que algún día tendrán en sus manos una parte de la seguridad de Tamaulipas.
Porque la seguridad de un estado no comienza cuando un policía se pone un uniforme y sale a la calle.
Comienza mucho antes: en las aulas, en la formación, en los valores y en la preparación que recibe.
Por eso todavía tengo esperanza.
Porque llegué a esta Universidad con vocación de servir.
Y lo único que estoy pidiendo es que la institución esté a la altura de esa vocación.
Señor Gobernador, Señor Secretario , pongan su mira en esto que les platico, sabrán que no son mentiras y así como yo , la gran mayoría de mis compañeros percibimos y opinamos lo mismo.






