La Perrucha murió cuatro días después de ser atropellada en el estacionamiento del Congreso de Tamaulipas.
Era una perrita criolla, querida por trabajadores, diputados y periodistas, que durante años encontró refugio junto a la cabina de vigilancia.
Paro su historia terminó exhibiendo muchas contradicciones, y la peor es la de un Poder Legislativo que aprueba leyes para proteger a los animales, pero que no ha resuelto cómo garantizarles una vida digna.
La iniciativa de adoptarla como “activo vivo” , presentada por Gustavo Cárdenas en la legislatura pasada, fue una buena intención. Pero la historia de Perrucha comenzó mucho antes, cuando Mariana Mondragón, entonces titular de Comunicación Social durante la presidencia de Gerardo Peña, se ocupó de protegerla.
Después vino el reconocimiento oficial, el presupuesto para alimento y atención veterinaria.
“El activo vivo” ya tenía nombre, tenía quien la quisiera y hasta un lugar en la estructura administrativa del Congreso, pero lo que nunca tuvo fue un hogar.
Porque, aunque oficialmente era parte del Poder Legislativo, Perrucha seguía viviendo en el estacionamiento, expuesta a los vehículos y dependiendo de quién estuviera de turno en la caseta de vigilancia.
En vacaciones, cuando diputados y trabajadores se iban, ella permanecía ahí, su lugar era el mismo de siempre: afuera.
El atropellamiento pudo ser un accidente y no se trata de convertir al trabajador involucrado en tema de discusión ni de atribuirle intenciones que no conocemos.
La pregunta es otra: ¿qué tan protegido puede estar un animal doméstico en un edificio publico?
Perrucha era de todos y de nadie; muchos le llevaban comida, la acariciaban y celebraban su presencia.
Pero querer a un animal no siempre significa hacerse responsable de él, pues la atención recaía en quienes estaban cerca, mientras la institución que la había reconocido oficialmente no podía ofrecerle algo tan básico como un espacio seguro para vivir, en fin.
Pero su caso obliga a ver las calles de Ciudad Victoria porque no hay una cifra actual confirmada que permita dimensionar cuántos perros viven en situación de abandono, pero basta recorrer colonias, escuelas, parques y edificios públicos para encontrarlos.
Cada vez es más común que alguien les dé comida o que una institución les permita quedarse en sus instalaciones y es un gesto de empatía, sí, pero no sustituye las campañas de vacunación, las esterilizaciones, la atención veterinaria ni las políticas públicas para evitar que más animales terminen en la calle.
Y ahí está la otra contradicción. El Congreso de Tamaulipas ha discutido y aprobado iniciativas relacionadas con la protección animal, algunas incluso de alcance muy limitado, pero legislar no basta.
También falta ver qué es lo que se cumple, qué programas siguen vigentes y qué resultados tienen las acciones para atender el abandono.
Decir que los animales son seres sintientes implica asumir que necesitan algo más que alimento y buenas intenciones.
Requieren cuidados permanentes, protección ante los riesgos y, cuando se trata de una adopción, condiciones adecuadas para vivir.
No todos los edificios públicos son un hogar, aunque tengan jardín, estacionamiento o una caseta donde alguien les abra un espacio.
La Perrucha no murió por falta de cariño, murió después de pasar años en un lugar donde muchos la querían, pero donde seguía expuesta a los mismos peligros que enfrentan miles de animales sin hogar.
Ahora su historia deja la pregunta incómoda para los diputados que “legislan” en su nombre, ¿de qué sirve adoptar a un perro en el papel si no se garantiza su bienestar en la vida diaria?
EN LA VITRINA : Perrucha ya no está en el estacionamiento del Congreso, sin embargo el problema que representaba, sigue afuera.






