Hay una diferencia entre tener convicciones políticas y convertirlas en un espectáculo desde el cargo público y Nora Hilda de los Reyes, subsecretaria de Educación Básica de Tamaulipas, camina cada vez más cerca de esa frontera.
Su afinidad con la izquierda no es un secreto y tampoco tendría por qué ocultarla, cada persona tiene derecho a pensar, simpatizar con una corriente política y celebrar los triunfos de los movimientos con los que coincide.
El problema comienza cuando esa “militancia” y fanatismo parece ocupar más espacio que las responsabilidades del puesto que se desempeña.
Cada visita de Claudia Sheinbaum a Tamaulipas o cada triunfo político de la izquierda internacional parece darle a Nora Hilda un motivo para salir a escena.
En sus redes sociales difunde imágenes, frases, como “El día más feliz de mi vida” cuando se tomo una foto con Sheinbaum, incluso con recursos de inteligencia artificial proyecta su simpatía política, y ello ha sido criticado porque muchos consideran una expresión excesiva para alguien que ocupa una responsabilidad dentro de la estructura educativa del estado.
El episodio más reciente, fue el relacionado con el triunfo de Lula da Silva en Brasil; y es que más allá de una fotografía o una publicación, la pregunta es: ¿hasta dónde puede llegar la expresión ideológica de una funcionaria sin que termine afectando la seriedad que exige su encargo?
Porque una cosa es celebrar una victoria política desde la libertad personal y otra muy distinta es hacer de esa celebración una especie de tarjeta de presentación pública, mientras la educación básica sigue esperando resultados que puedan medirse en las aulas.
Nadie cuestiona que Nora Hilda tenga preparación ni trayectoria política, eso es tema aparte, pero hay que aclarar que la formación académica y las convicciones ideológicas no es garantía de un desempeño sobresaliente en la administración pública, y menos de esta funcionaria.
Y seguramente esto le va a resultar incómodo, pero hay que recordarle que un sector tan sensible como la educación, donde hay pendientes que afectan directamente a estudiantes, maestros y familias, la prioridad debería ser explicar qué se ha resuelto, qué sigue sin funcionar y qué falta por hacer.
No basta con identificarse con un proyecto político ni con celebrar sus victorias fuera de las fronteras nacionales, la responsabilidad de una subsecretaría se mide en las escuelas, no en las redes sociales.
A esto se suman las quejas que se han señalado sobre el trato a trabajadores del sector, porque si esas inconformidades persisten, la funcionaria tendría que atenderlas y ofrecer respuestas, no andar disfrazada de Dictadora.
La congruencia también forma parte del servicio público y hay que decirlo: el problema no es ser de izquierda, de derecha o de cualquier otra corriente, el problema es confundir las preferencias personales con las obligaciones institucionales, o suponer que la lealtad ideológica es sinónimo de desempeño.
Nora Hilda de los Reyes tiene derecho a sus convicciones, pero lo que no puede esperar es que todos las aplaudan, especialmente cuando su cargo implica responsabilidades que van mucho más allá de una publicación viral o una celebración política.
En tiempos en que la ciudadanía exige resultados y cuestiona a sus gobernantes, la autocrítica debería ser una herramienta básica de cualquier funcionaria.
Una cosa es defender una ideología y otra muy distinta es gobernar desde ella sin perder de vista para qué se ocupa un cargo público.
Qué bueno sería que la sub secretaria de educación básica de Tamaulipas llevara con esa pasión, casi orgásmica con la que se puso la camiseta de Brasil, su encomienda como servidora pública.






