Por Itzchel Moreno
Creo que a todos los tratados internacionales en los que recae la protección a los derechos humanos, se les pasa lo cotidiano, las agresiones de alcoba, donde sólo el criterio de cada mujer podrá liberarla.
Lo anterior viene a mi mente luego de escuchar la charla entre un sueco y una mexicana, pues luego que este se decepcionó ante la decisiones de las mujeres de hoy dijo: “Finalmente no eres tan latina”…
El hombre consideraba que la mexicanita debía ser complaciente, pues, se tiene una fama a nivel mundial que las mexicanas poseen fogosidad en la cama, cuidan y mantienen con un elevado grado de satisfacción al hombre.
Lo anterior, considero, es parte de la cultura patriarcal a la que somos sometidas las mexicanas por generaciones, este sistema se aprendió bien en nuestro país donde los hombres proveedores tienen el control del dinero, deciden su inversión y además la emoción que se imprime al disfrutar algún día en la familia.
Muchas mujeres de hoy, aún toman en cuenta los gustos del marido a la hora de preparar la comida, es él quien decide las amistades que llegan casa, son ellos los que deciden cuando desean un encuentro sexual y además las posiciones.
La mujer con iniciativa no goza de buen prestigio entre las generaciones de antaño, porque para ellos ha de ser sumisa.
Pues hasta la iglesia le otorgó el nicho de “santa” por romperse en pedazos para lograr el bienestar de todos.
La teoría es que la mujer latina a la hora de enfrentarse a otras culturas cuida, satisface y busca atraer, pues nos enseñaron también en nuestra sociedad que una mujer requiere un hombre que la proteja y ella a cambio le complacerá en todo.
Pero sólo nos quedó la fama, porque las mexicanas de hoy son mujeres autosuficientes y no toleran que un hombre que está a su lado visualice el entorno con aires de seductor, menos que se le discrimine por no ser “tan latina”.
Esa cultura de sumisión se aprendió de los españoles, en la conquista, pues algunos poseían por costumbre parte del conocimiento que dictaba la Ley de las Siete Partidas, donde se establecía el matrimonio, el poderío de los hombres y su derecho a la barragana, la concubina, la mujer que permanecía al lado de un hombre por amor al arte.
Pero en esta ley sólo ellos tenían derechos, ellas no podían tener pasiones, sólo pecados infernales.
La herencia viene de sobra… “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, como queréis que obren bien, si tú las incitáis al mal”.






